El porqué de los Pujol y compañía
Tras el reconocimiento del dinero de Andorra por el expresident, muchos lloraron. Sus lágrimas eran sinceras, pero también una fantasía

Pere, Marta y Oleguer Pujol Ferrusola se dirigen a la sede de la Audiencia Nacional en San Fernando de Henares. / José Luis Roca
Existen varias cuestiones que se han borrado de la memoria y que son importantes a la hora de enfrentarse al juicio de la familia Pujol. La primera es que Jordi Pujol se convirtió en president de la Generalitat con casi 50 años. Aquel 20 de marzo de 1980 Catalunya eligió a un banquero para dirigir la autonomía catalana. Él, junto a su padre, Florenci Pujol, y su cuñado, Francesc Cabana, había comprado en 1959 la Banca Dorca, lo que más tarde se convertiría en Banca Catalana. En junio de 1976 Pujol abandonó el banco para dedicarse completamente a la política.
Aun siendo un banquero, su estancia en la cárcel durante el franquismo, unos dos años y medio, le valió mostrar una imagen pública de claro defensor de la democracia y de la idea de Catalunya como nación. Ese fue el proyecto por el que apostaron los votantes de aquella Convergència en las primeras elecciones autonómicas, aunque fuera en minoría, debiendo pactar con la ERC de Heribert Barrera.
Cuando Jordi Pujol llegó a la presidencia de la Generalitat, su hijo mayor tenía 21 años. Su padre ya era adorado, sobre todo en los ambientes más nacionalistas. Vivió inmerso en pertenecer a una familia especial, importante, que estaba convirtiendo Catalunya, no solo en una autonomía, sino en una idea existencial, en una forma superior de comportarse, en un ombligo intelectual del que era fácil enamorarse y sentirse orgulloso.
Catalunya era pujolista. No toda, pero su mayoría aplastante a partir de la segunda legislatura en 1984, convertían a su partido en el mayor controlador de dinero público de la región. Así crecieron los hijos Pujol, acompañados por la 'Madre Superiora', como se autocalificaba la propia Marta Ferrusola cuando se trataba de reconducir el dinero de la familia escondido en Andorra. Está en el sumario del caso que ahora se está juzgando.
Todo tiene una causa. Siempre existe un motivo para explicar cómo al hijo mayor de los Pujol no le suponía ningún rubor ir acumulando coches de lujo en un garaje de Barcelona, teniendo en cuenta que era el hijo del president de un “petit país”. Ahora sería imposible.
Existen unas declaraciones de Marta Ferrusola realizadas en sus comparecencias ante la comisión que investigaba este caso de corrupción en el Parlament. “Esto Catalunya no se lo merece”. Era un ultraje. Para la mujer de Pujol, lo de Catalunya y su familia era lo más parecido a una ‘joint venture’, una asociación temporal de empresas, donde el accionariado de sus miembros siempre era mayoritario. Entre su electorado existió una complicidad natural, aunque ficticia.
Existen más detalles borrados de la memoria colectiva. En aquellos años 80 y 90, se gritaba por la calle, con alborozo y alegría, aquello de: “Això és una dona”. El grito era sincero, pero miope. Consolidaba a la matriarca del clan por encima de todo, convirtiéndola en la líder, no el expresident.
Todo ello explica la razón por la que el día que Jordi Pujol reconoció el dinero de Andorra como si se tratara de la herencia de su padre, la famosa ‘deixa’, muchos lloraron. Sus lágrimas eran sinceras, pero también una fantasía.
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