Si Sánchez medita de nuevo
El presidente del Gobierno ya no le protege las espaldas a nadie, del mismo modo que sus socios y aliados parlamentarios van cortando amarras porque él no cumple sus compromisos

Pedro Sánchez, en el Congreso de los Diputados. | JOSÉ LUIS ROCA
Cuando los choques institucionales son noticia bomba algo huele a chamusquina en la vida pública de una nación. Está corriendo la pólvora con el caso del fiscal general del Estado. En su día, Pedro Sánchez hizo saber que quien daba órdenes a la Fiscalía General del Estado era el presidente del Gobierno. En consecuencia, miembros del actual Ejecutivo ya están diciendo que el poder judicial incurre en maneras golpistas.
La inhabilitación del fiscal general del Estado coincide con nuevos informes de la UCO sobre el trío Ábalos-Cerdán-Koldo. En una esquina del álbum ha aparecido la fotografía de 2019 en la que los protagonistas de la trama Servinabar se cuelan en un viaje oficial a Marruecos para el trámite ilícito de un puerto industrial en Kenitra. Es como si al Peugot en el que el actual presidente de Gobierno y el trío circularon en 2017, con el propósito de recuperar el poder en el PSOE, le hayan salido alas para plantarse en Casablanca ante la mezquita Hassan II.
Si Pedro Sánchez se tomó cinco días de reflexión en abril de 2024, cuando comenzó la investigación judicial sobre su esposa, ¿es de prever que se retire de nuevo? En aquella ocasión, regresó para anunciar que no iba a dimitir porque tenía que estar al frente de un gran impulso de regeneración democrática. En la hipótesis de una segunda reflexión, quien sabe cuántos días puede necesitar ni que nueva promesa tendrá para la sociedad española. El argumento más a mano es seguir encastillado en la Moncloa para que no entren Trump, Mazón, Milei, el Ku Klux Klan y Franco.
Dadas las flaquezas de la naturaleza humana, un líder tan volátil como es Pedro Sánchez está incinerando lealtades tanto en el PSOE como entre sus aliados en el poder institucional. Sánchez ya no le protege las espaldas a nadie, del mismo modo que sus socios y aliados parlamentarios van cortando amarras porque él no cumple sus compromisos. Ahí está Vox, para garantizarle la permanencia en el poder, sin presupuestos, con un descrédito al galope y una política exterior equiparable a una comedia de enredos contada a plazos en Instagram.
De la recalificación de terrenos a las mascarillas del covid, la corrupción tiene efectos contrapuestos: a los aspirantes les hace pensar que todo es posible y a los contribuyentes les hace perder confianza en las instituciones, comenzando por los partidos políticos, como se ve en las encuestas todos los días. Muchísimos votos están ahora en la nube, aunque el CIS sostenga que otros tantos todavía confían en los cien años de honradez del PSOE. Hace tiempo que ni la izquierda ni su galaxia progresista pueden demostrar que tienen la franquicia de la moral política. La percha de Pedro Sánchez se tambalea y sus consejeros andan buscando a quien transferirle las culpas. A esos callejones se llega en el momento en que la cuestión crucial no es saber si alguien miente sino cuando no está mintiendo.
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