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Opinión | Justicia

Un fiscal, un crimen machista y un conde

Dijo el magistrado Joaquim Bosch: “A veces tengo la sensación como juez de que las leyes son telarañas que cogen a las pobres moscas y dejan pasar a avispas y abejorros”

El fiscal general del Estado, Álvaro Ruiz Ortiz, sentado en el banquillo del Tribunal Supremo

El fiscal general del Estado, Álvaro Ruiz Ortiz, sentado en el banquillo del Tribunal Supremo / TRIBUNAL SUPREMO

Érase una semana con noticias que dejan sin palabras. Érase, primero, la condena del fiscal general del Estado, García Ortiz. Habrá que ver el fundamento de la sentencia, sobre todo cuando hay una división en el tribunal. Lo sólido en un Estado de derecho hubiese sido la unanimidad pero luego se habla de la credibilidad institucional. Hay quienes responden, frente a los que no comparten el fallo, si se está acusando de prevaricar a los magistrados. A estos habría que responderles si ellos acusan de lo mismo a los dos votos particulares que ya están anunciados. Hay interés en los detalles de la sentencia, sobre todo para saber si podemos vivir con tranquilidad en esta democracia. Desde el principio estaba claro que el fiscal tenía que caer. La cárcel hubiese sido un escándalo pero con la inhabilitación, objetivo conseguido. No dejo de dar vueltas a cuáles serán los argumentos considerados como pruebas en un caso penal, más allá de que uno de los testigos dijera que la validez de su supuesta teoría era porque ya tenía canas. 

Desde la noticia no he parado de recibir mensajes de mujeres en casos de violencia machista que me preguntan: “¿Cómo pueden condenar a este hombre (se refieren al fiscal) si no hay pruebas cuando, en mi caso, con informes y testigos, mi agresor quedó libre?” o “qué buena sería para nosotras una justicia si, como con el fiscal, condenara con suposiciones, al menos tendríamos menos miedo de vivir con nuestro agresor en la calle”. La verdad es que una no tiene respuesta. Como tampoco hay cuando las mujeres piden protección a una justicia y tiempo después es asesinada. O como cuando una sentencia sostuvo que no había violencia psicológica por parte de José Bretón. 

Recibo estos mensajes en la misma semana del crimen en Alpedrete. Una mujer fue asesinada por su marido con cincuenta puñaladas, se niega que sea violencia machista aunque así se reconozca en la estadística, los hijos apoyan al padre y en la asamblea de Madrid se guarda un minuto de silencio sin decir que es violencia de género. Cincuenta puñaladas, repito. No es machismo, dicen, pero no le dio por repartir cuchilladas a sus vecinos, no, solo a su mujer. Qué casualidad.

Todo esto también en la semana donde érase el fin de la presencia de un conde en la televisión. Alessandro Lecquio ha sido despedido como tertuliano de Telecinco después de que su expareja, Antonia Dell’Atte, denunciase de nuevo su caso. Ha tardado 38 años en abandonar la silla, viviendo de la tele y con la vida solucionada. Dell’Atte recuerda su soledad ante toda una maquinaria mediática en contra. La justicia dijo que ella no mentía, pero no hubo condena. 

Al final, en estos tres casos te das cuenta de una cosa: que para todo esto hacen falta cómplices y los hay hasta debajo de las piedras. Un día como hoy recuerdo una frase del magistrado Joaquim Bosch de 2013: “A veces tengo la sensación como juez de que las leyes son telarañas que cogen a las pobres moscas y dejan pasar a avispas y abejorros”. Pues ya está todo dicho.

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