Opinión | 'Masterclass' sobre IA
¿A dónde vas con tanta prisa?
No quiero correr tanto, ni correr por todo, ni convertir cualquier cosa en un trámite con mérito. Necesitamos tiempo para perder, para hacer, y sobre todo, para entender
Las otras personas

El sitio web de Cursor, instalado en una computadora portátil en New Hyde Park. / Gabby Jones / BLOOMBERG
Esta semana he asistido por primera vez a una conferencia sobre Inteligencia Artificial. Fue una 'masterclass' a cargo de un gran divulgador en la materia, que con maestría y simpatía quiso hacernos ver que nuestra manera de vivir, la de siempre, es una pérdida de tiempo. Nos reímos, incluso, de sus chistes sobre los que ven el vaso medio lleno y los que lo ven medio vacío; con esto de la IA, remataba, él es de los que se beben el agua mientras los otros discuten.
No duró más de media hora, pero consiguió que el tiempo se comprimiera gracias a la cantidad de herramientas que desplegó en distintas pestañas de su navegador, todas trabajando a la vez por él.
En esos treinta minutos vimos cómo se pueden escribir correos, leer el periódico y obtener un resumen en segundos, preparar guiones y hacer que los lea tu propia voz clonada y grabar pódcast sin haber abierto la boca, mientras, en otra pestaña, la IA entra en tu cuenta del supermercado y hace la compra de la semana, prestando especial atención a los ingredientes que necesitarás para el estofado que querrás cocinar el domingo (tú o tu robot de cocina) para seis personas, sin pimiento. También puedes hacer que te cante el “cumpleaños feliz” con tu voz y enviárselo a la amiga que cumple años, solo para comprobar hasta dónde llega la magia.
Todo envuelto en un discurso perfectamente engrasado sobre la eficiencia y el ahorro: menos tiempo, más vida, más productividad. Más dinero. Y no lo haces tú, decía.
Él hablaba muy rápido y yo intentaba seguirle, pero con cada nueva demostración sentía que me llegaba otra ola de información antes de haber podido digerir la anterior. Hubo un momento en que ya no pensaba si todo aquello era útil o no; simplemente intentaba respirar dentro del ritmo que se había impuesto en la sala.
Salí con una sensación extraña de agotamiento. Como si me hubieran pasado por una lavadora de conceptos y resultados espectaculares, pero sin tiempo de tender la ropa. Poner al sol su lógica de urgencia, esa promesa de que cada segundo puede aprovecharse mejor.
A medida que fue pasando el día, fui decodificando mi mal cuerpo. No quiero correr tanto, ni correr por todo, ni convertir cualquier cosa en un trámite con mérito. Necesitamos tiempo para perder, para hacer, y sobre todo, para entender.
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