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Dictaduras admiradas

Hay que ser exigentes con lo que no funciona, pedir responsabilidades a los representantes públicos, controlar y fomentar una mayor transparencia, para diferenciarnos de los países que algunos jóvenes admiran

El presidente de EEUU, Donald Trump, y el príncipe heredero de Arabia Saudí, Mohammed bin Salmán, acompañados de Elon Musk (X, Tesla, SpaceX) y Jensen Huang (Nvidia).

El presidente de EEUU, Donald Trump, y el príncipe heredero de Arabia Saudí, Mohammed bin Salmán, acompañados de Elon Musk (X, Tesla, SpaceX) y Jensen Huang (Nvidia). / Win McNamee / AFP

Entre el aniversario de un dictador que falleció hace cincuenta años y la condena de un señor que ocupaba un cargo que la gran mayoría de los españoles apenas sabía de su relevancia hace doce meses, una pregunta: ¿Hasta qué punto hay que preocuparse de que entre un 20 y un 25%, según encuestas, de la juventud española piense que los regímenes autoritarios tampoco están tan mal?

Los éxitos económicos de países como China y las monarquías árabes, donde poco hay que debatir, manejados por élites de tecnócratas y un control férreo de la libertad de expresión, sirven de referencia. Del gigante asiático, recientemente visitado por el rey Felipe VI, poco queda por descubrir. Su papel como la nueva gran potencia mundial, mediador en el complejo juego de equilibrios, es de sobras conocido. Tener las principales reservas conocidas de minerales raros, necesarios para el desarrollo de las nuevas tecnologías, es un activo suficiente para llevarse bien.

Mohamed bin Salmán, heredero del trono y primer ministro de Arabia Saudí, es recibido con todos los honores y halagos por el presidente de Estados Unidos. El asesinato del periodista Jamal Khashoggi en el consulado saudí de Estambul en 2018, ordenado por el régimen, es hoy anecdótico, un «error» y acto «doloroso», según señaló Salmán. Al parecer, a los servicios secretos saudís se les fue la mano.

Hay dictaduras o dictablandas que es necesario blanquear. Interesa llevarse bien con ellas, no sea que se enojen demasiado. Tienen poder, recursos materiales e influencia geopolítica. Invierten en nuestros países, directamente o comprando acciones de algunas de nuestras principales compañías. Además, desde su apertura económica han sido receptoras de inversiones y acuerdos comerciales. Usan el deporte como instrumento de propaganda. Especialmente, el fútbol. Que Cristiano Ronaldo, que juega en la liga saudí, fuera uno de los invitados en el banquete entre Trump y Salmán no es casualidad. El futuro de Ucrania pasa también por la opinión de Xi Jinping, presidente chino, que es quien puede embridar a otro dictador, pero de mucha peor calaña, Vladímir Putin.

A la peligrosa admiración por estos países se une la desazón por la imagen del funcionamiento de nuestras democracias. No ayudan los aspavientos políticos, el lenguaje usado por una mayoría de nuestros representantes, los intentos de menospreciar los poderes legislativos y judicial, los nuevos casos de corrupción, la falta de consensos para poder realizar las grandes reformas que requiere el sistema, la fragmentación y competencia entre territorios que solo piensan en lo suyo, el exceso de burocracia, el precio de la vivienda y los bajos salarios. Al final del día, los mensajes que quedan son los negativos.

Hay que ser exigentes con lo que no funciona, pedir responsabilidades a los representantes públicos, controlar y fomentar una mayor transparencia. Desde la libertad y los valores democráticos, pedir que se trabaje mejor y poder elegir. Es lo que nos diferencia de los países que algunos jóvenes admiran.

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