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Opinión | Sorteo
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Terminado en 777

En Navidad nos vemos impelidos a comprar participaciones de la lotería en establecimientos que frecuentamos o que solo visitamos esporádicamente. Por si acaso

Premiados celebrando su segundo premio del sorteo de la Lotería de Navidad en Sant Boi del Llobregat, en 2024.

Premiados celebrando su segundo premio del sorteo de la Lotería de Navidad en Sant Boi del Llobregat, en 2024. / Manu Mitru / EPC

A todos nos ha pasado que entramos en un establecimiento que frecuentamos y que, al acercarse la Navidad, nos vemos impelidos a comprar participaciones de la lotería que ese lugar ofrece. También nos pasa en tiendas, panaderías o bares que solo visitamos esporádicamente. Por si acaso. Este “por si acaso” es una auténtica tortura que nace del temor, la mayoría de las veces infundado, de que ese número será justamente el premiado. Pensamos: "No puedo dejar pasar una oportunidad como esta". O peor: “Si, ya lo sé, si llevara esta locura hasta el extremo me pasaría el día comprando lotería y, por supuesto, me arruinaría, porque ya sé, porque lo sé, que seguro que no tocará”. ¿Y si...? No memorizamos el número, pero sí somos capaces de visualizar la escena de gente reunida alrededor del bar, esa mañana de diciembre, eufóricos y blandiendo el papelito que certifica la felicidad y que no fuimos capaces de adquirir cuando tocaba. No se trata exactamente de una premonición (porque no soñamos con él o porque no tenemos tanta clarividencia), sino más bien de una salvaguardia preventiva. La única solución plausible (la más sensata) es no comprar ninguno y dejar que el azar haga su curso sin nosotros.

El anuncio de La Grossa de Cap d’Any juega con esta pesadilla colectiva. Una chica se detiene en la caja de un supermercado, paga, observa un número que está a la venta y no lo compra. Piensa a menudo en él, está inquieta, y llega el día del sorteo y, efectivamente, aquel boleto era el de la suerte. Se desespera hasta que recibe una llamada eufórica de su pareja que le anuncia que sí, que les ha tocado el primer premio. El chico cedió a la tentación y, sin decirlo en casa, lo compró. Es un número que termina en 777 (los publicitarios debieron pensar que un 666 era demasiado diabólico), pero no lo enseñan entero, algo que debe estar prohibido porque generaría una ola de deseo compulsivo de adquirirlo. Una recomendación de amigo: no compren ningún número que acabe en 777. Por una simple cuestión de aseo administrativo, seguro que no toca.

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