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Opinión | Editorial
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Luz al final del túnel

La iniciativa empresarial por el Corredor Mediterráneo ya se felicita de que su finalización está a la vista

El ministro Óscar Puente durante el acto de hoy de Quiero Corredor.

El ministro Óscar Puente durante el acto de hoy de Quiero Corredor. / J. M. López

La red ferroviaria española adolece históricamente de un problema de concepción centralizada que dificulta por un lado la propia cohesión interna y, por otro, la proyección hacia el exterior, especialmente de las regiones que más necesidad tienen de contar con medios de transporte efectivos para la exportación. La concepción radial del mapa de los ferrocarriles, acentuada más si cabe con la introducción de la alta velocidad en 1992, se contrapone a una solución más racional, la capilaridad o la red mallada, que responde sencillamente a la vertebración coherente con la realidad del tejido económico y social del país.

El Corredor del Mediterráneo es emblema y reivindicación histórica y persistente de una estructura necesaria y urgente para potenciar y no frenar la evolución del arco que va de Algeciras hasta la frontera francesa. Pero no solo eso, sino que significa una oportunidad para el conjunto del Estado, puesto que estamos hablando de territorios que agrupan el 50% de la población y representan el 45% del PIB español, y de una infraestructura que acerca, además, el cumplimiento de los criterios de sostenibilidad y descarbonización.

La lentitud con la que se ha afrontado el Corredor del Mediterráneo clama al cielo, no únicamente por la falta de conexiones fiables y rápidas entre Barcelona y València, sino también por los servicios que podría prestar, en el ámbito logístico, a las mercancías en dirección a Europa o a los tres puertos más destacados de la Península: Barcelona, València y Algeciras. Desde 2016, la plataforma empresarial valenciana Quiero Corredor se ha encargado de reivindicar esta infraestructura esencial y de fiscalizar el incumplimiento de los compromisos de las distintas administraciones, una cuestión básica porque, a lo largo del tiempo transcurrido, las promesas y plazos se han visto prorrogados una y otra vez. Ayer, Quiero Corredor organizó en València el que debe ser su último acto multitudinario, con asistencia del ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente, ante la perspectiva, anunciada por el ministro y que ya no tiene vuelta atrás, de que en 2027 la alta velocidad sea ya una realidad desde Almería hasta la frontera francesa.

El lobi por el AVE mantendrá chequeos semestrales y campañas de sensibilización activas, pero da por finalizado el ciclo de la reivindicación y los incumplimientos, con las inversiones necesarias ya planificadas en un 100%, con 8.400 millones de euros licitados y 5.400 ejecutados, la mitad en los dos últimos ejercicios, y nuevos proyectos a décadas vista. En la reunión conjunta de empresarios valencianos y catalanes de hace un año en Barcelona, el lema ya varió a un 'Sortim del túnel' que invitaba al optimismo. Las garantías ofrecidas por Óscar Puente en València van en este mismo sentido. Tanto la alta velocidad entre la segunda y tercera ciudades españolas, como el funcionamiento de cercanías rápidas entre las capitales valencianas y el establecimiento de terminales intermodales (como la de La Llagosta) que han de facilitar el flujo de mercancías, permiten pensar justamente que ese lema de hace un año que podía ser expresión de voluntad o constatación de un objetivo cumplido, sea cada vez más lo segundo. Está en juego la competitividad empresarial, la cohesión territorial, la sostenibilidad y el progreso del arco mediterráneo, con un proyecto que llegó tarde y ha ido despacio pero que tendrá, cuando sea una realidad, un elevado retorno social.