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Opinión | Bloglobal

Franco, penúltimo acto

Portadas de periódicos del 21 de noviembre de 1975.

Portadas de periódicos del 21 de noviembre de 1975. / EFE

Hay un dato menor, enterrado en la memoria de la historia de la posguerra, que es por demás significativo de lo que fueron aquellos años en blanco y negro: las cartillas de racionamiento que siguieron al final de la contienda no se suprimieron hasta mayo de 1952, un mes después de que el pan, el último producto cuya compra estaba regulada, dejara de estar incluido en aquel vergonzoso reparto de productos esenciales que se prolongó trece años. Mientras la propaganda del régimen multiplicaba las invectivas contra el enemigo exterior, la conspiración judeo-masónica y otras estupideces por el estilo, se multiplicaban las hambrunas, de todo faltaba al mismo tiempo que el resto de Europa recobraba el aliento inmediatamente después del final de la Segunda Guerra Mundial. Al mismo tiempo, cabe añadir, que los estraperlistas se enriquecían con la miseria generalizada y Franco y su entorno engordaban su patrimonio y se iban de cacería los fines de semana o cuando mejor les cuadraba.

Transcurrido medio siglo desde la muerte de Francisco Franco, se da la circunstancia de que, según revela la última encuesta del CIS, el 20% de los más jóvenes cree que la dictadura no fue mala cosa, en las redes sociales proliferan barbaridades del estilo “con Franco se vivía mejor” y en las manifestaciones ultras aparecen banderas con la gallina, asimismo aguilucho (el águila de San Juan, que se remonta a cuando los Reyes Católicos). Lo cierto es que la prosperidad difundida por el desarrollismo solo fue prosperidad por comparación con lo vivido los primeros 25 años del franquismo; lo cierto es que los flujos migratorios hacia Europa -esa sí, próspera-, las remesas de divisas de quienes partieron en busca de trabajo más allá de los Pirineos y la emigración interior rumbo a las grandes ciudades dieron pie a la falsa impresión de que las miserias del pasado era definitivamente cosa del pasado. Ni que decir tiene que la corrupción no dejó de ser una ominosa realidad.

El esfuerzo encomiable de muchos medios durante las últimas semanas para transmitir qué fue y resultó de todo aquello ha tenido la virtud propia de los grandes compromisos cívicos: rescatar del olvido la verdadera naturaleza venenosa del franquismo y negar tanto que “con Franco vivíamos mejor” como que “contra Franco vivíamos mejor”. En este sentido, el programa La noche en 24 horas (TVE, 19 de noviembre) tuvo el valor reconocible de los gestos cívicos, del saneamiento de la memoria mediante voces sensatas reunidas en el vestíbulo del Pazo de Meirás. Hubo en la elección del escenario un componente reparador de la codicia depredadora del franquismo, del empeño de una parte de la derecha en ejercicio de enterrar el pasado en aras de la unidad o de algo parecido o semejante a ella, sin que se sepa qué hay que unir y a santo de qué transcurrido medio siglo.

Productos como el vídeo de Tik Tok colgado por EL PERIÓDICO en su edición digital contienen los argumentos de autoridad indispensables para corregir lo que tan mal se ha hecho: transmitir a las generaciones que no lo vivieron qué fue en verdad el franquismo, qué herencia dejó la dictadura, cuál fue su catadura moral. La pervivencia en muchos callejeros de nombres procedentes de la noche de los tiempos de la dictadura, los obstáculos enormes que ha debido vencer la resignificación de Cuelgamuros, la pervivencia de un nutrido frente de blanqueadores de lo que fue el régimen son rasgos genuinamente excepcionales del legado del franquismo. Ni la dictadura portuguesa, más larga que la española e igualmente cruel -en casa y en las colonias de África-, ni la de los coroneles griegos pudieron activar resortes para blindar su pasado; la española sí porque el dictador murió en la cama y sus afectos dispusieron de instrumentos para encarar los nuevos tiempos. Así, un número indeterminado, pero muy alto de fosas comunes siguen sin abrirse, negada a los muertos una reparación histórica.

No hay en Italia monumentos, calles o avenidas que remitan al fascismo -hubo de salir al corte Giorgia Meloni cuando uno de los dirigentes de su partido se refirió a Benito Mussolini-; no hay en Alemania más recordatorio público del nazismo que los campos de concentración conservados, los memoriales del Holocausto y museos de historia. El referéndum que acabó con la monarquía en Italia fue un acto sobrevenido de desfascisficación del país; la desnazificación fue una política consciente de saneamiento de la sociedad. Los resultados fueron irregulares, la nostalgia anduvo por barrios y muchos de los que desempeñaron un papel en la Italia fascista y la Alemania nazi encontraron acomodo en la nueva situación, pero la civilidad se impuso en el espacio público, en el ámbito cultural y en el educativo. El renacer al galope de la extrema derecha en Europa tiene más que ver con la quiebra de la clase media y la crisis del Estado de bienestar, más el mensaje trumpista, que con la herencia de las potencias derrotadas en la Segunda Guerra Mundial (léase el artículo del último miércoles de Andreu Claret en estas mismas páginas: ¿Por qué Franco murió en la cama?).

Resulta sorprendente que tantos años después, con tanto material académico sobre la mesa, las autoridades de Madrid -las municipales y las autonómicas- se nieguen a excluir del callejero nombres que solo cabe asociar a una vesania extrema; pongan obstáculos a que en el edificio de la presidencia de la Comunidad de Madrid figure una placa que recuerde que allí se torturó. Esas y otras medidas por el estilo no son gestos propios de una justicia poética, sino de una reparación histórica. Todo lo cual me lleva a recordar una conversación en el Ateneo de Madrid entre dos hombres de muy avanzada edad, pocos días después de la primera victoria de Felipe González (octubre de 1982): uno de ellos resumió el momento con la expresión “volvemos a las andadas”; su interlocutor no fue menos expresivo: “Por fin somos normales”.

Una calorosa noche de agosto, segunda mitad de los años sesenta, dos jóvenes turistas alemanes decidieron dar un paseo por la playa de Sant Pol de Mar, iluminada por una Luna llena resplandeciente. Una pareja de la Guardia Civil los detuvo; los detenidos no hicieron nada reprobable y no entendieron a qué se debía el arresto. Hubo de acudir a su rescate el alcalde para zanjar la crisis. Es poco decir que, por aquel entonces, no éramos normales, sometidos a la arbitrariedad permanente de un régimen invasivo. Conmemorar la muerte del dictador es testimoniar que, poco después, con todos los peros que se quiera, por fin fuimos normales. Y hubo y hay en esa normalidad colectiva tantos ingredientes de regeneración moral que sería una gran noticia que la próxima encuesta del CIS detectara un descenso de los jóvenes que no ven en el franquismo sepulto motivos mayores de crítica.