Pregunten cuánto cuesta la no-migración
El debate se basa en si optamos por la interacción positiva o por la fragmentación social

Grupo de estudiantes inmigrantes durante una clase. / Shutterstock
La inclusión educativa y laboral de las personas inmigrantes se enfrenta hoy a una nueva fase. Tras la llegada inicial de los 90, el 'boom' de la construcción en los 2000 dio pie a que miles de personas se instalaran en España. Sobre la escuela recayó entonces la responsabilidad de integrar toda esa pluralidad de orígenes y referencias sin contar con ajustes de plantilla y formación para los profesionales de la enseñanza. Hoy la migración ha dejado de ser una cuestión de oleadas para convertirse en un proceso constante. Y quienes llegan atesoran una formación educativa más alta.
El mercado laboral español está absorbiendo de forma clara toda esta nueva mano de obra. La tasa de paro, por ejemplo, de la población inmigrante ha bajado 15 puntos en la última década. Existe una relación evidente entre formación y posición en la estructura laboral, por ello una de las prioridades es pasar del derecho a la educación al derecho a la formación como parte de un mercado laboral que debe integrar y no expulsar.
Una novedad a la que se enfrentan las personas migrantes de este tiempo son las nuevas resistencias ante su presencia. El oportunismo de la ultraderecha, el uso de las redes sociales como altavoces del odio y la frustración de una parte de la sociedad ante las dificultades económicas y sociales, han avivado los discursos antiinmigración.
Sin embargo, la realidad nos ha demostrado que cuanto mayor es la normalización del hecho migratorio en la sociedad receptora, lo que podríamos llamar umbral de tolerancia, más exitosa es la inclusión. La igualdad parte de un convencimiento moral, pero también nace de la certeza de que es más positiva para la sociedad receptora que la exclusión. Si algo hemos aprendido en España es que el fundamentalismo religioso o la delincuencia pueden crecer en el aislamiento y la exclusión social. Por lo tanto, el debate se basa en si optamos por la interacción positiva o por la fragmentación social.
Lo que pretende el populismo de derechas, que se nutre de un ambiente lleno de desconfianza, es consolidar la idea de que la presencia de la inmigración, por si misma, es una amenaza. Las posiciones antiinmigración buscan cohesionar a la población “autóctona” mediante un sentimiento exclusivista. Somos de aquí y nuestro modo de vida tradicional está en juego, se dice.
En realidad, ese aquí y ese modo de vida nunca fueron tan homogéneos como creen. Estas ideas se originan como consecuencia de una concepción intransigente de la construcción identitaria, basada en la supuesta existencia de un sentimiento de pertenencia unívoco, con características únicas e inmutables.
Pero no todo en la derecha es siempre racismo radical. Electoralmente, han percibido la oportunidad que supone la inmigración para seguir ganando gobiernos y discursos. Así, en ocasiones, tratan de consolidar una especie de racismo diferencialista: aquel que cree en la falacia de que hay culturas que 'per se' no se pueden mezclar, obviando los altos niveles de inclusión que ya existen en múltiples espacios.
En esas dinámicas las ideas sobre la inmigración centradas en la delincuencia y los problemas sociales asociados a la misma son un factor central de la nueva conciencia sobre la inmigración que se pretende extender. Este empresariado del bulo es hoy uno de los grandes riesgos para nuestra sociedad, porque no tiene en cuenta que los delitos nos hablan más de la pobreza que del origen nacional.
Por eso hay que tener en cuenta que los discursos del odio no solo persiguen marginar a determinados colectivos vulnerables, tratan también de extender la idea del caos, de que nada funciona, de que existe una minoría privilegiada. Las políticas de inclusión no solo deben ser eficaces sino que además necesitan de legitimidad social, por ello las narrativas y las sensaciones sociales son tan importantes en este tema. En el éxito de la inclusión es cada vez más importante la actitud y los valores de la sociedad de acogida.
En ese sentido, el reto ahora es mejorar los niveles de inclusión de la población inmigrante y a la vez hacer frente a los discursos que ponen en riesgo el modelo de convivencia que se está construyendo. Como sugiere el filósofo Daniel Innerarity, en ese camino “valdría la pena preguntarse por los costes de la no-migración”.
En estas dos tareas es destacable la comunidad de la inclusión que existe en nuestro país, formada por personas trabajadoras sociales, educadoras, sindicalistas, instituciones públicas y personas voluntarias empeñadas en que la inclusión salga bien. Ojalá acertemos, porque el de la inmigración es uno de los grandes retos sociales y democráticos de nuestra era.
- El Supremo sostiene que la divulgación de los datos de González Amador pudo lesionar su 'presunción de inocencia', pero no su honor
- Eterno Robe', artículo de David y Jose Muñoz (Estopa)
- España paga este jueves 4.575 millones del rescate europeo de 2012 y se libra de las visitas de los 'hombres de negro
- Llega a Barcelona una de las cadenas de gangas más populares de Europa: abrirá una megatienda en primavera
- La pareja de la madre del niño asesinado en Almería lo violó y golpeó hasta la muerte
- Los síntomas silenciosos que obligaron a Robe Iniesta a cancelar sus conciertos: qué es el tromboembolismo pulmonar y por qué pone en riesgo la vida
- Sandra Rodríguez, profesora de Física y Química: 'No hay ninguna materia científica obligatoria en 4º de la ESO
- Un vecino logra que su ayuntamiento le devuelva dinero por no aplicarle un beneficio fiscal en la tasa de basuras
