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Opinión | Política lingüística
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Las lenguas de los catalanes

Solo una política decidida de la Generalitat a favor del bilingüismo, que reivindicara el privilegio que supone para nosotros los catalanes el hecho de tener dos lenguas, catalán y castellano, podría suponer un nuevo despertar de la lengua catalana

Alumnos en el patio de una escuela.

Alumnos en el patio de una escuela. / JORDI COTRINA / EPC

Hace unos días Ricard Ustrell entrevistaba en 'El matí de Catalunya Ràdio' a la escritora mallorquina Carme Riera, una de las escritoras contemporáneas más importantes en lengua catalana. La entrevista vale la pena de principio a fin, por la manera en que Ustrell pregunta y repregunta demostrando un gran conocimiento de la obra de la entrevistada. Pero no me extenderé en elogios que, en esta sociedad tan rematadamente polarizada, podrían, por desgracia, llegar a resultar contraproducentes para el entrevistador.

Hacia el final de la entrevista, Ustrell pregunta por la salud de la lengua catalana, y Riera responde admitiendo preocupación por el retroceso en el uso del catalán, pero termina haciendo una reflexión poco habitual en nuestro debate público. “No sé si toda la política lingüística es la más acertada”, dice Riera, que añade: “Yo creo que el catalán debe ser una lengua amable, a la que la gente quiera, no que se imponga, y a veces creo que los políticos lo hacen de otro modo”.

La reflexión de Riera no es nada habitual en la esfera pública catalana, y aún menos en un medio público, pero, en cambio, conecta con el sentir de muchos ciudadanos de Catalunya que amamos nuestras dos lenguas, catalán y castellano, y valoramos el bilingüismo consustancial a la sociedad catalana como un bien muy preciado que conviene preservar.

En efecto, la fortaleza de una lengua radica en la consideración y el aprecio que esta logre ganarse entre los ciudadanos en virtud de las políticas públicas aplicadas desde las administraciones. En Catalunya, desde el restablecimiento de la Generalitat con la llegada de la democracia, estas políticas han ido declinando desde la legítima y loable voluntad de recuperar el uso social y público de la lengua catalana, tras la muerte de Franco, hasta una política abiertamente hostil a la otra lengua propia de los catalanes desde tiempos inmemoriales, que es el castellano.

En el ámbito educativo, por ejemplo, el modelo ha ido evolucionando, al calor de la hegemonía del nacionalismo lingüístico de inspiración pujolista, desde la propuesta inicial de la pedagoga socialista Marta Mata, que defendía un modelo de conjunción lingüística con una presencia equilibrada de nuestras dos lenguas en la educación de nuestros hijos, hasta un dogmatismo excluyente que sacraliza la inmersión lingüística y menosprecia la dimensión del castellano como lengua de los catalanes junto con el catalán.

Somos muchos los catalanes castellanohablantes que amamos y cultivamos la lengua catalana como propia, pero lamentamos profundamente el menosprecio institucional que sufre el castellano en Catalunya. El castellano no es, como pretenden los fundamentalistas del monolingüismo en catalán, una lengua extranjera, sino la lengua de la mayoría de los catalanes, que compartimos con el resto de los españoles. Pero es precisamente la dimensión catalana de la lengua castellana —y no su indiscutible dimensión internacional— la que resulta cuestionada con la política lingüística de la Generalitat.

En contra de lo que dicen los fundamentalistas, solo una política decidida de la Generalitat a favor del bilingüismo, que reivindicara por primera vez en la historia de la autonomía catalana el privilegio que supone para nosotros los catalanes el hecho de tener dos lenguas, podría suponer un nuevo despertar de la lengua catalana. Reivindicar abiertamente desde la Generalitat el castellano como patrimonio sentimental de los catalanes tendría, a mi parecer, la virtud de reconciliar a muchos ciudadanos de Catalunya con la lengua catalana, que desgraciadamente es concebida por una parte de los catalanes como un instrumento ideológico al servicio de una causa política. De la mano del castellano, el catalán multiplica sus posibilidades en todas partes, y esta asociación sin complejos, este compromiso cívico entre catalanes para ensalzar nuestras dos lenguas, haría sin duda que muchos castellanohablantes recuperaran el entusiasmo que en los últimos años del franquismo suscitaba el catalán entre los ciudadanos de habla castellana.

Como dice Carme Riera, las lenguas, para ser vigorosas, deben ser queridas, y en este sentido la reciprocidad entre nuestras dos lenguas es fundamental para restablecer los afectos y asegurar la cordialidad lingüística. En el fondo, es muy fácil.