Fue tan fácil olvidar a Franco
Ni los artífices del posfranquismo salvaron al país, ni merecen el menosprecio que hoy les dedica singularmente la izquierda

El dictador Francisco Franco junto a su sucesor, el príncipe Juan Carlos de Borbón, en mayo de 1973. / AP
La alegría desbordante de quienes solo han sido valientes contra Franco no anula la modesta experiencia de quienes gozan de la edad suficiente para haber asistido a la muerte de una dictadura. Desazona que le expliquen a uno la situación que ha vivido, si tiene la desgracia de haber cumplido 55 años. Es inevitable recordar que los franquistas criticaban la debilidad de su líder, antes de que lo entubaran. O que los días libres de clases fueron un regalo muy celebrado, una vez consumado el «hecho biológico». A continuación, la única evidencia es que fue demasiado fácil olvidar a Franco. Aunque tal vez no deslumbra por su ejemplaridad, la Transición fue apasionante. Absorbió las energías de la población con una intensidad colectiva que no se repetiría hasta la llegada de las grandes teleseries. La comparación es pertinente, porque las figuras involucradas se limitaron a ajustarse magistralmente al guion. Con todos los respetos a los hagiógrafos, a Juan Carlos de Borbón no le quedaba otro remedio que consolidar la democracia o ‘desaparecer’ en el intento. En su honor, fue el consejero delegado mejor remunerado de la historia, y también se creyó dueño de la empresa al igual que los ejecutivos más comprometidos. François Jacob, el hermano menos conocido de Jacques Monod, le recordó al ser humano que la evolución darwinista funciona con los tanteos del bricolaje. Así se llevó también a cabo la Transición, mediante un procedimiento artesanal y lúdico, sobre todo en lo tocante a la vida sexual del monarca. Con la desventaja de que el planeta tenía todo el tiempo del mundo, y la sucesión española era contra reloj. Tal vez sería preferible un ser humano con pico y sin dientes, o un español reflexivo, pero no hay marcha atrás. Ni los artífices del posfranquismo salvaron al país, ni merecen el menosprecio que hoy les dedica singularmente la izquierda. El mayor éxito de los pioneros no consiste en que la nave siga a flote tras cincuenta años sin Franco, sino en que parezca que han pasado cien.
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