No es paz para Gaza
El proceso de negociación no sienta a las partes involucradas a negociar realmente, sino que les da un acuerdo ya diseñado y estructurado por terceras partes y se las presiona para que acepten

Palestinos en Ciudad de Gaza, entre las ruinas de la destrucción causada por los bombardeos de Israel. / AP
Se cumple un mes del acuerdo impulsado por Trump para cesar las hostilidades en la Franja de Gaza y, como muchos ya avisamos, no era un acuerdo de paz.
Todas las guerras terminan en algún momento, perola cuestión es cómo lo hacen. Las partes beligerantes deben negociar ese final, pero aplicar esta lógica es tramposo dado que en este caso no es una guerra sino un conflicto asimétrico entre un Estado soberano, con ejército profesional, recursos elevados y una sociedad que ha apoyado la contienda militar de forma muy mayoritaria durante gran parte del conflicto; y un grupo armado, terrorista para muchos, sin ejército oficial ni soberanía alguna.
Aun así, el consenso entre quienes se dedican a analizar conflictos y diseñar y acompañar los procesos de paz es claro: para que pueda llegar a existir paz en un escenario de guerra el proceso debe cumplir unas condiciones. En el caso de Gaza e Israel, no se ha dado ninguno de los elementos necesarios.
Por un lado, el alto el fuego fue prácticamente impuesto por Estados Unidos pero las violaciones a este (bombardeos esporádicos, incursiones militares, asesinatos a civiles, etc.) no han sido castigadas de ninguna forma. En segundo lugar, el proceso de negociación no sienta a las partes involucradas a negociar realmente, con el tiempo y el espacio necesarios, sino que les da un acuerdo ya diseñado y estructurado por terceras partes y se las presiona para que acepten. Además, quienes negocian un alto el fuego y un posible acuerdo de paz deben ser representativos de las partes en conflicto. Ni Hamás ni la Autoridad Nacional Palestina representan por sí solas a la toda su población y su rol en este proceso ha sido limitado y obligado. Un acuerdo de paz verdadero debe incluir una serie de elementos mínimos para que haya posibilidad de éxito: ofrecer garantías a las partes (y, por lo tanto, incluir medidas correctivas en caso de incumplimiento); ser claro, realista y alcanzable; incluir a todas las partes relevantes en el conflicto y ofrecer garantías para el respeto de los derechos humanos fundamentales.
Los gazatís reclaman que no conocen dónde se sitúa la llamada Línea Amarilla (que marca las retiradas planificadas que irá haciendo el Ejército israelí) de cada fase del acuerdo y los soldados israelís disparan fácilmente. El acuerdo tampoco incluye qué se hará con los combatientes (terroristas para otros) de Hamás, la Yihad Islámica o el Frente Popular. En un proceso de paz real se prevén medidas de desmovilización, desarme y reintegración (DDR en sus siglas en inglés) para que quienes han participado en la violencia armada tengan una salida que posibilite vivir en sociedad y pierdan los incentivos para tomas las armas de nuevo. Nada de esto está en el acuerdo de Trump.
Así que lamentablemente no hay paz ni la habrá pronto para Gaza o Cisjordania, pero tampoco para Israel. Sesenta años de conflicto requieren procesos serios que dispongan del tiempo y las voluntades necesarias para alcanzar la paz.
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