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Opinión | 20N

¿Por qué Franco murió en la cama?

El fin que tuvo el dictador nos obliga a aceptar que la guerra, aun siendo fruto de un levantamiento militar contra una república legítima, partió España por la mitad

Las últimas horas del dictador Francisco Franco.

Las últimas horas del dictador Francisco Franco. / EPC

Esta pregunta atormentó a la oposición antifranquista durante años. Recuerdo interminables discusiones, algo masoquistas, sobre las razones que le permitieron a Franco morir en la cama sin padecer la suerte de Hitler y Mussolini. En el fondo, la pregunta que nos hacíamos era otra: ¿por qué los demócratas no fuimos capaces de derrotarle en vida? Tiene razón el ChatGPT cuando alude a tres factores: la represión, la capacidad de Franco de sacar partido de los cambios que siguieron a la Segunda Guerra Mundial y su pacto con Don Juan para la vuelta de los Borbones al trono de España. Sin embargo, vayamos más allá de la inteligencia artificial, que, como suele suceder, se queda en la espuma de las cosas.

Aunque haya quien todavía intenta relativizar la represión, esta fue un hecho brutal, sostenido, sustentado en los fantasmas de un hombre acomplejado y vengativo: un contubernio judeo-masónico ideado por el comunismo internacional. Es cierto que no sabemos con exactitud los muertos que provocó la guerra porque el franquismo escondió fosas, destruyó pruebas y falseo la realidad. Las víctimas estimadas van de 380.000 (Gabriel Jackson) a más de 700.000 (Enrique Moradiellos), sumando fallecimientos por enfermedades y hambruna provocados por la contienda. Conocemos con mayor precisión que más de 50.000 personas fueron fusiladas después de la guerra (hasta poco antes del 20N).

Son cifras implacables, que explican muchas cosas, aunque no lo explican todo. Franco no solo se consolidó matando sino poniendo en pie un singular sistema de dominio y control de la sociedad. Control de la vida cotidiana (con policías, porteros, serenos y delatores), de las mujeres (con la Iglesia y el ignominioso Patronato de Protección de la Mujer), de los jóvenes (con el alzado diario de la bandera y el 'Cara al sol'), de los trabajadores (con los sindicatos verticales), de las universidades (con depuraciones y el establecimiento del SEU), de la cultura y de las lenguas, reducidas a una sola, a la que pretendían cristiana e imperial. Esto era el franquismo: el dominio cotidiano de 30 millones de españoles.

Ello bastaría para explicar la muerte del dictador en la cama si esta se hubiese producido en los años sesenta. No para entender que su dictadura se prolongara hasta 1975. Los suyos argumentan que le salvó su capacidad para entender los cambios en el mundo. Puede que fuera, simplemente, la suerte. La Guerra Fría supuso para él una bendición. La llegada de Mister Marshall a Madrid a finales de los cincuenta le colocó del lado bueno de la historia y acabó con el racionamiento. La llegada al Gobierno del Opus Dei ayudó a hilvanar un relato de paz y desarrollo que prendió en amplios sectores. En las memorias del rey emérito aparece otra clave de esta conquista del consenso. De cierto consenso, el suficiente como para subsistir mientras seguía encarcelando y matando. Ahora sabemos que Franco y Juan Carlos no solo se necesitaban mutuamente. Llegaron a apreciarse, cosa que ya reveló el dictador en su carta póstuma, aunque entonces no le dimos mucha bola porque lo importante era la democracia.

Que el hombre muriera en la cama tiene sus implicaciones. Nos obliga a aceptar que la guerra, aun siendo fruto de un levantamiento militar contra una república legítima, partió España por la mitad. Franco acabó expresando los miedos de una de estas mitades. Añadiendo a la represión una guerra cultural (como la llamaríamos ahora) que contribuyó a su supervivencia. ¿Quedan rasgos de aquella España negra, que vivía más de enaltecer el pasado que de imaginar el futuro? Los hay, sin duda, pero quienes hoy aspiran a llegar al poder para recortar libertades y derechos son otra cosa. También suponen una amenaza para las libertades, pero entender esta amenaza requiere otras claves. Más propias del trumpismo que de lo que era la España del 1936. Franco murió en la cama, pero el franquismo murió en las calles, en las fábricas y en las aulas. Lo que viene ahora no solo ha arraigado en antiguas dictaduras. Tiene otra naturaleza. En ese sentido, recordar a Franco sirve para defender la democracia de las nuevas amenazas siempre que no confundamos la extrema derecha actual con quienes que se alzaron en África.

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