Fue culpa del amarillo
Justo cuando Mazón creía protagonizar un melodrama y quizá fantaseaba con una comedia de enredo, llegó el fatídico momento. “¿Te importa si me quito la americana?”, preguntó

El presidente en funciones de la Generalitat, Carlos Mazón, durante el interrogatorio en el Congreso de los Diputados. / Ananda Manjón/ Europa Press
El amarillo está vetado en los escenarios desde que Molière muriera en plena representación de ‘El enfermo imaginario’ vestido de ese color. Se habla de un fuerte ataque de tos, incluso de unas gotas de sangre manchando sus ropas. No dejan de ser curiosos tantos detalles. Especialmente porque el gran dramaturgo francés vestía de amaranto (granate) en su última función y murió días después. Pero así son las supersticiones, indemnes a la verdad. Más todavía en el mundo del teatro, donde las fronteras entre la realidad y la ficción se desvanecen, donde la comedia puede devenir tragedia en un segundo, donde la vida y la muerte comparten espacio. Eso, ahora, Mazón ya lo sabe.
El presidente electo de la Generalitat Valenciana sufrió un giro dramático de guion durante la tarde del 29 de octubre del año pasado. Justo cuando creía protagonizar un melodrama y quizá fantaseaba con una comedia de enredo, llegó el fatídico momento. “¿Te importa si me quito la americana?”, preguntó a la periodista con la que compartía mantel y reservado. Y entonces apareció: el terrible jersey amarillo. Como si algo siniestro se apoderara de Mazón, desapareció su sentido de la responsabilidad y la decencia, se adentró en un inexplicable túnel del tiempo, se volvió sordo a los gritos de ayuda, empezando por la llamada crítica que no atendió de su consejera, y cayó en una adicción profunda a la mentira. Solo así se explica que siga enredándose en múltiples versiones de lo sucedido y no explique la única verdad: toda la culpa es del maldito jersey amarillo. Esa acusación sería más creíble que la suma de todas sus laberínticas y cretinas declaraciones.
Otra de las leyendas del teatro invita a dejar una luz encendida en el centro del escenario cuando se acaban las representaciones. La razón habla de evitar caídas en la oscuridad. Pero hay quien prefiere imaginarla como un modo de ahuyentar a los malos espíritus o desear una agradable noche a los fantasmas amigos. Se desconoce si, desde esa noche, Mazón duerme con la luz encendida.
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