Opinión | Cumbre de Brasil
COP30 en Belém, toda una declaración (performativa) de intenciones
Las políticas de mitigación han sido hasta ahora poco eficaces y desiguales

Marcha por el Clima durante la COP30 de Belém, en Brasil / Thorsten Holtz/dpa
La política no es solo elecciones, lucha partidaria, leyes y reglamentos. La política es también acción performativa. En este sentido la CPO30 (miniacrónimo que recibe la Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático) que se celebra en Belém es toda una declaración de intenciones performativa. Digo esto porque esta megacumbre, que quiere generar un “régimen internacional” -es decir una legislación internacional de cariz vinculante para los gobiernos que la firman- sobre la lucha y adaptación al cambio climático, ha puesto en el centro de los focos tres iconos mundiales que, por sí solos, dan un mensaje. Uno es un icono personal, el otro es colectivo y el último icono es un hábitat.
Como algunos han adivinado, el primer icono es Inácio 'Lula' da Silva, que, además de ser el presidente de la república del Brasil, es un referente de la izquierda global y de la resistencia contra el embate del trumpismo internacional, que (además de torpedear las instituciones) niega el cambio climático. El segundo icono es colectivo, y hace referencia a la gran movilización generada -al calor de la COP30- por la Cumbre de los Pueblos que, entre el 12 y el 16 de noviembre, ha reunido a más de 25.000 personas que pertenecen a decenas de centenares de movimientos sociales de todo el mundo para reivindicar justicia climática y derechos ambientales a la vez que quieren poner en la agenda política de los países más desarrollados el tema de la deuda ecológica que estos tienen respecto al sur global. El tercer icono es el entorno mismo donde se lleva a cabo la cumbre, Belém, que es la capital del estado de Pará y Maranhão y una de las metrópolis más relevantes de la cuenca amazónica, y que a la vez que es el bioma más diverso del planeta y el hogar de 50 millones de personas y de más de 400 pueblos indígenas. Este escenario, tan rotundo como frágil, habla por sí solo de la necesidad de luchar contra los efectos trágicos del cambio climático, unos efectos que pueden arruinar el mismo entorno donde ahora se han reunido unos 50.000 delegados que representan a más de 200 países.
Aún es pronto para hacer un balance de la cumbre y, sobre todo, para ver qué cambios aportará respecto de los dos grandes temas que se han tratado y debatido, que son la descarbonización y las tecnologías sostenibles. Por ahora, sabemos que (solo) 35 países, mayoritariamente europeos y latinoamericanos, han firmado la Declaración de Belém, que pretende coordinar políticas de mitigación climática en el sur global. Unas políticas -hay que decirlo- que hasta ahora han sido poco eficaces y muy desiguales según los países en los que se llevan a cabo. Tanto es así que un director de una agencia de Naciones Unidas, con la que colaboré hace tiempo, me dijo que la mitigación climática en Holanda se hacía construyendo barrios flotantes, mientras que en Bangladés se hacía enseñando a nadar a los niños.
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