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Opinión | Cambio de época
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Franco era el obstáculo

En la España de 1975 la protesta democrática era ya la realidad emergente, pero la dictadura de un general que tenía todos los poderes impedía el salto a un régimen político como los que imperaban en Europa

El dictador Francisco Franco y el entonces príncipe Juan Carlos, el 1 de octubre de 1975.

El dictador Francisco Franco y el entonces príncipe Juan Carlos, el 1 de octubre de 1975. / STRINGER / AFP

Escribir sobre Franco me crea cierta incomodidad. Es ya un pasado lejano y conviene mirar al futuro, que -no solo aquí- es más incierto de lo que parecía al inicio del siglo. Pero sin analizar el pasado se puede incurrir en graves errores. La memoria histórica -no la propaganda sectaria- es saludable.

Vamos a reflexionar, pues, sobre Franco esta semana en la que el jueves hará 50 años de su muerte. El 20N del 75 yo no había cumplido 30 años y la noticia -parecía inminente desde hacía tiempo- me produjo satisfacción, como a muchos ciudadanos que esperaban la libertad y la democracia. Con la muerte de Franco desaparecía el obstáculo que impedía que una sociedad nueva -muy diferente a la de los años 40, 50 e incluso primeros 60- viviera en libertad. Como dijo Adolfo Suárez, que fuera legal lo que ya era normal a nivel de calle. La España de entonces ya quería ser libre y europea, pero no podía dar el salto adelante por una dictadura cada día más moribunda.

Franco era el obstáculo que paralizaba una sociedad a la que el traje de la dictadura se le había quedado no pequeño sino prehistórico. Los días siguientes a su muerte -pese a todas las pompas oficiales- sentí como si me hubieran quitado un engorroso peso. La constante, pero minoritaria, resistencia a la dictadura ya se había transformado en una desacomplejada protesta democrática. Impaciente, pero atenazada. Santiago Carrillo, el líder del satanizado PCE, había fracasado en aquello de derribar a Franco con la HNP (Huelga Nacional Pacífica), pero acertó en su prescripción: la Reconciliación Nacional. Casi todo el mundo apostaba por la libertad, pero nadie quería enfrentamientos que recordaran la Guerra Civil. Y en Catalunya cantantes como Raimon, Serrat y Llach ya eran parte del paisaje.

Los empresarios y los trabajadores sabían que el futuro era Europa, y que no estar por la puerta de atrás de un acuerdo comercial exigía democracia, como ya puso de relieve el Congreso de Múnich de 1962, en el que políticos del exilio y del interior -reunidos por primera vez desde la Guerra Civil en un congreso del Movimiento Europeo- exigieron que España no entrara en el entonces Mercado Común sin unas previas elecciones libres.

Así el acuerdo -olvidando el pasado- de los políticos pragmáticos del régimen como Suárez y de la oposición democrática (González, Carrillo, Pujol) fue relativamente fácil. Y Juan Carlos, nombrado rey y sucesor por Franco, abrió enseguida (julio del 76) la transición con la ‘dimisión’ de Arias Navarro. Luego el régimen -no sin tensiones con el búnker- se autodisolvió y hubo elecciones justo un año después.

Hoy España es una democracia homologable a las de los países europeos. Aunque la historia de los pueblos no se puede borrar. Pretender otra cosa sería una estulticia. Y, cierto, la democracia no es el paraíso. Churchill ya dijo que era el peor régimen político, excepto todos los demás. Pero hoy vivimos en democracia. Pese al golpe del Estado del 81, pese a ETA y a la grave polarización.