Medio siglo sin dictadura
Cincuenta años después, cuando la libertad conoce nuevas amenazas, no resulta fácil comprender lo que significó su privación para quienes no sufrieron el franquismo

Féretro con los restos mortales de Francisco Franco. / EFE
El próximo jueves se cumplirán 50 años de la muerte de Francisco Franco, que gobernó España con puño de hierro después de alzarse en armas contra la II República y ganar una guerra que provocó entre 380.000 y 700.000 muertos. En toda dictadura, la verdad suele ser la primera víctima. Empezando por la fecha de la muerte del dictador, que pudo no ser un 20 de noviembre sino el día antes, según aseguran quienes le embalsamaron. Las condiciones deplorables en las que falleció, así como el retraso del anuncio de su muerte, son la expresión de la privación de libertad a la que su régimen sometió el país. La imposibilidad de conocer la cifra exacta de muertos provocados por la guerra tiene el mismo origen: el ansia por borrar la verdad. La falta de libertad es sin duda la seña de identidad de un régimen que la persiguió a sangre y fuego, ejecutando a cerca de 200.000 personas, o dejándolas morir, en las cárceles, entre 1939 y 1945.
Cincuenta años después, cuando la libertad conoce nuevas amenazas, no resulta fácil comprender lo que significó su privación para quienes no sufrieron el franquismo. Suponía oscuridad para todos. Para quienes perdieron la guerra y para quienes creían haberla ganado. Cuando una pareja de guardia civiles detenía a unos adolescentes por caminar cogidos de la mano, lo hacía en nombre del corsé moral que Franco y la Iglesia habían impuesto a toda la sociedad. Lo mismo le ocurría a un trabajador que levantaba la voz al margen del sindicato oficial, o a un estudiante que reclamaba libertad en la universidad. En ese sentido, si hay un aspecto en el que el balance de estos 50 años es incuestionable, es el de la recuperación de unas libertades reconocidas en la Constitución y desarrolladas en leyes que son la envidia de muchos.
¿De qué sirve la libertad si con Franco se vivía mejor? La pregunta se puede oír en la calle, sobre todo en conversiones entre jóvenes que no conocieron la hambruna que padecieron sus antepasados o las cartillas de racionamiento. Los problemas de hoy, empezando por la precariedad en el trabajo o el acceso a la vivienda, no tienen su solución mirando hacia el pasado con nostalgia. Algo parecido ocurre en los países de la antigua URSS y en todos los que han padecido dictaduras. Ninguna de las lacras que merman hoy nuestra democracia se pueden equiparar con las prácticas generalizadas que hicieron del franquismo una de las sociedades más desiguales del mundo, sobre todo durante su primer cuarto de siglo. Hoy existe preocupación por los retos que supone la inmigración en nuestro país. La España de Franco exportó a Europa millones de trabajadores. Este es el cambio.
Para acertar en el balance, conviene huir de la polarización que todo lo confunde. Franco fue la negación de la libertad y la vida hasta cinco meses antes de su muerte, cuando todavía dio el enterado a cinco sentencias de muerte. Durante 25 años, el franquismo fue sinónimo de miseria, robo y corrupción. El desarrollo que empezó en los sesenta, del que todavía somos hijos, fue el resultado del trabajo abnegado de los españoles que siguieron en España y de los que emigraron. Y de una apertura a Europa y al mundo contraria a la forma de entender España que tenía Franco y que ha resultado decisiva para cimentar la democracia.
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