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Opinión | La Calle Nueva
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Abascal no nos quiere, francamente

El líder de Vox significa hoy, en la política española, un peligro propio de los que, pudiendo ayudar a esta sociedad a ser mejor, más generosa, opta por amplificar nuestros problemas

Abascal apuesta por la lepenización definitiva de Vox tras romper con el núcleo fundador

El president de Vox, Santiago Abascal

El president de Vox, Santiago Abascal / Carlos Criado - Europa Press

La mayor parte de los hombres de mi casa se fueron a Venezuela en los años del hambre español, que fueron muchos. Uno de mis tíos, que fue de los que hizo allí cierta fortuna, como mecánico en la Leche Carabobo, fue quien más nos ayudó a mitigar la miseria a la que, en aquellos años, estábamos sometidos los pobres. Lo bueno de aquella época era lo peor de todo: nosotros no sabíamos que éramos pobres y menesterosos, porque todos los habitantes del barrio, y no tan solo aquel lugar que era sobre todo un barranco, éramos igualmente desgraciados.

Entonces la palabra desgraciado no se decía en el barrio, claro: aplicaba en realidad a todos nosotros. En casa de mi madre, y mi padre, los mayores, estaban siempre pendientes del giro que viniera de Caracas. A veces no venía nada, porque tampoco los caraqueños de nuestra familia eran unos potentados. Tomás tampoco lo era, pero era generoso y se quitaba lo que fuera para que mi madre, que era su prima y su amiga, nos diera de comer.

Un día vino Tomás desde Venezuela y nos fue a ver a nuestra casa, que era humilde pero amplia, de alto y bajo. Él se adentró hasta el patio, que ya conocía, hasta que se fijó en la cocina. En aquel tiempo todo el barrio vivía pendiente del petróleo como elemento del que servirse para calentar el fuego. Tomás se fijó en la negrura en la que vivíamos. Y se fue.

Al día siguiente llegó a casa la primera cocina de gas. La hizo llegar Tomás desde la tienda de electrodomésticos que había en el Puerto de la Cruz, nuestra ciudad turística ya entonces. Uno de aquellos días llegó Tomás a despedirse, y noté que se fijó, cuando llegó al patio, en lo que era ahora aquella nueva cocina. Yo creo que, como decía mi madre, a ella y a él se le rayaron los ojos.

A veces era yo, en aquel entonces, quien escribía las cartas que las mujeres, las que eran analfabetas, enviaban a sus maridos o novios que se habían ido a Venezuela, igual que en eras anteriores se habían marchado, huyendo de hambrunas parecidas, los hombres del barrio y de los pueblos. En este caso, se fueron a Argentina o a Cuba. Claro, yo no existía cuando se produjeron esas otras diásporas. Pero sí estaba luego, claro está, para ser testigo y víctima de las sucesivas hambrunas del barrio y de la generosidad con la que fuimos ayudados por los parientes que se acordaban de nosotros desde Venezuela.

Muchas veces recuerdo estos hechos, aquellos mundos, porque ahora somos nosotros los que recibimos en Canarias, en España, a los que, no siendo pudientes, o estando en peligro por lo que sucede en aquella parte u otras de América, han de refugiarse en las tierras que, en otro tiempo del siglo XX, fueron el lugar de partida de los sucesivos emigrantes.

No es fácil decir estos recuerdos, porque fueron duros y difíciles, de sufrir y de ver sufrir. De modo que, cada vez que ahora me encuentro en las islas con quienes vienen de tan lejos, siempre trato de contarles lo que yo mismo viví cuando la vida era la crónica general de la penuria. Ahora aquello que es inolvidable es también un recuerdo emocionante. Venezuela, en este caso, está en nuestro corazón. Lo estuvo, lo está.

No se puede olvidar. El pasado miércoles sentí un latido de solidaridad con los que ahora son emigrantes en nuestras tierras. Fue cuando escuché en las Cortes al líder de Vox, Santiago Abascal, reafirmarse en la idea que él le inspira a su partido: que los emigrantes, de América, de África, de cualquier sitio, regresen a su lugar de origen para que le dejen el sitio a este país que ahora puede permitirse (si se lo permite) la generosidad que en otro tiempo recibió de los países que ahora están viviendo hambrunas o injusticias.

Sentí que Abascal, arrogante y burlón, implacable, significa hoy, en la política española, un peligro propio de los que, pudiendo ayudar a esta sociedad a ser mejor, más generosa, opta por amplificar nuestros problemas para culpar de ellos a los que vienen aquí, de tantos sitios, a ayudar y a ayudarse.

El recuerdo de aquel patio desde el que Tomás se fijó para luego ayudarnos a dominar los signos más evidentes de la pobreza se mezcló con la evidencia de que Abascal, y muchos más abascales, no solo no quieren al que viene de fuera y es pobre sino que sería capaz de obligar a la diáspora de quienes ahora ayudan a hacer más llevadera la vida a quienes aquí reclaman cercanía y amor, solidaridad y salud. Abascal no quiere al otro, francamente. Y el otro es cualquiera que se sienta extranjero, cuando al que viene se le trata como este político sin alma trataría al que ahora no tiene porvenir sino miedo.

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