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Opinión | Ágora
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La próxima crisis tecnológica no es de chips, sino de residuos

Aunque la basura electrónica representa menos del 5% del volumen total en los vertederos, provoca más del 70% de la contaminación tóxica que se genera en ellos

Windows 10 comienza a apagarse: ¿Cómo afecta a mi ordenador y qué puedo hacer?

Imagen de archivo de manipulación de móviles.

Imagen de archivo de manipulación de móviles. / EP

La tecnología avanza a un ritmo vertiginoso, pero el precio de ese progreso rara vez se contabiliza en términos ambientales. Cada año, millones de dispositivos perfectamente funcionales quedan fuera de juego, no por desgaste natural, sino por decisiones empresariales que los vuelven obsoletos de forma anticipada.

El caso más reciente lo encontramos en la decisión de Microsoft de poner fin al soporte de Windows 10, que el pasado 14 de octubre dejó sin actualizaciones a millones de ordenadores que siguen funcionando correctamente. No es un fallo técnico lo que los condena, sino la interrupción de actualizaciones y parches de seguridad que los hace vulnerables. En la práctica, una simple decisión de calendario ha convertido equipos válidos en residuos prematuros.

El fin del soporte de Windows 10 simboliza una tendencia preocupante: la obsolescencia ya no la marca la innovación tecnológica, sino las decisiones empresariales. Una fecha en el calendario basta para transformar ordenadores útiles en chatarra electrónica, sin que haya cambiado nada en su capacidad real de funcionamiento.

Durante décadas, la idea de progreso tecnológico ha ido de la mano de la renovación constante: un nuevo modelo de móvil cada año, un sistema operativo que caduca en pocos ejercicios, un componente que deja de fabricarse justo cuando más necesario resulta. Esa lógica no responde a una evolución natural, sino a una estrategia deliberada que fomenta el reemplazo antes de tiempo.

Las consecuencias de este modelo son tan visibles como invisibles. Visibles en los más de 62 millones de toneladas de residuos electrónicos que se generan cada año en el mundo, de las cuales ni siquiera un 25% se recicla adecuadamente, según el último informe del Instituto de las Naciones Unidas para Formación e Investigación (UNITAR, 2024). Invisibles porque, detrás de cada aparato desechado, se pierden minerales críticos, energía y materiales valiosos como cobre, hierro o aluminio, junto con las emisiones de CO₂ asociadas a su fabricación.

A escala global, los residuos electrónicos se han convertido en el tipo de basura que más rápido crece, incluso por delante de la moda rápida. Y su impacto es mucho más grave de lo que parece. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), cada año, el mal tratamiento de estos aparatos libera cerca de 60 toneladas de mercurio y más de 45 millones de kilos de plásticos con químicos tóxicos que contaminan el aire, el agua y el suelo. Aunque la basura electrónica representa menos del 5% del volumen total en los vertederos, provoca más del 70% de la contaminación tóxica que se genera en ellos. En otras palabras: el mundo está generando residuos electrónicos cinco veces más rápido de lo que los recicla.

Aceptar este modelo como inevitable es, en sí mismo, parte del problema. La verdadera innovación no debería medirse por la frecuencia con que cambiamos de dispositivo, sino por nuestra capacidad de prolongar la vida útil de lo que ya tenemos. Extender los plazos de soporte, garantizar la reparabilidad, asegurar piezas de recambio y mantener la compatibilidad del 'software' son medidas que deberían ser la norma, no la excepción

El desafío no consiste solo en reciclar mejor lo que desechamos, sino en romper la lógica que convierte lo útil en inútil. Cada dispositivo que se repara o se reutiliza es una victoria ambiental. Y cada ordenador que sigue funcionando pese a no tener el último sistema operativo demuestra que la innovación no está reñida con la sostenibilidad.

En muchos países, los consumidores están empezando a ser más conscientes del impacto ambiental de la tecnología y a tomar decisiones más informadas, desde reparar en lugar de reemplazar, hasta optar por productos reacondicionados. Aunque en España esta conciencia aún está en desarrollo, es una señal de que el cambio ya ha comenzado y de que la responsabilidad también puede venir desde la ciudadanía.

Porque el futuro no se construye sobre montañas de residuos electrónicos, sino sobre la capacidad de mantener en uso aquello que todavía funciona. La próxima revolución tecnológica debería ser, precisamente, dejar de tirar lo que aún sirve.