Opinión | Verdiales
Hijas de la palabra
Sólo cuando escribo tengo conciencia de ser y estar, y de que los demás sean y estén, a mi lado o lejos de mí

Primera manifestación del Orgullo celebrada en Barcelona, el 27 de junio de 1977. / EFE
Las palabras nos permiten contar historias, pero ellas también tienen la suya propia. La encargada de estudiarla, rastrear su procedencia, el porqué de su existencia, de su significado y de su forma, es la etimología, una ciencia que yo concibo como una suerte de juego cuyas reglas recoge el Diccionario.
Pocas cosas me gustan más que averiguar de dónde viene el lenguaje que uso para comunicarme, conmigo y con los demás, para contarme y contar esa realidad que, una vez narrada, puedo habitar. Sólo cuando escribo tengo conciencia de ser y estar, y de que los demás sean y estén, a mi lado o lejos de mí, pues la distancia, lo mismo que la muerte, no es olvido si media la literatura.
Mis mejores amigas, las que más me conocen, lo saben y, aunque a veces les saco de quicio al mostrarme especialmente quisquillosa (cuidadosa, rebato yo) con las palabras, suelen participar de tan particular diversión. Hace unos días, una de ellas me mandó un mensaje para contarme que acababa de descubrir, mientras se documentaba para un trabajo periodístico, que durante el franquismo las lesbianas, para reconocer entre ellas que eran homosexuales, empleaban la palabra librera. "Fulanita es librera", decían. En el caso de las más jóvenes, el término usado era tebeos.
"¿No te parece precioso? ¿Lo sabías?", me preguntaba mi amiga, que comparte conmigo un oficio, el de la escritura, que es sobre todo pasión, pues de no ser así habría épocas (esta, sin ir más lejos) en las que desistiríamos de seguir escribiendo, yo lo haría, desde luego. "¿En serio? No tenía ni idea. Librera… Mucho más bonito que bollera o camionera", le contesté yo, a lo que ella me respondió: "Con lo que te gustan las palabras he pensado que esta historia te gustaría… Seguro que algún día te inspira algo".
En el siguiente mensaje, mi amiga me mandaba un pantallazo sacado de la web de la Fundación Triángulo sobre cómo mientras la homosexualidad fue ilegal en España, entre 1954 y 1978, librera fue un sinónimo de lesbiana: "Ser librera significaba que formabas parte de círculos clandestinos de apoyo entre mujeres lesbianas (…) Los términos como librera fueron poco a poco sustituyéndose por otras expresiones como el uso del verbo entender como sinónimo de ser homosexual". Una historia bien bonita, preciosa y literaria, surgida de otra horrorosa, terrible y triste.
Tras el intercambio de mensajes con mi amiga, busqué el origen de librero: del latín 'librarius', cuyos componentes léxicos son 'liber' (libro) y el sufijo -ero (lugar, profesión). Carece, por tanto, de vinculación etimológica, formal, con la palabra libertad y, sin embargo, no hay ejercicios más libres que los de la escritura y la lectura.
Eso debieron pensar, pienso yo, todas aquellas mujeres que convirtieron librera en sinónimo de lesbiana en un momento en el que el lenguaje, el jurídico pero también el ordinario, no les permitía existir. Fue un blanco, esos segundos de silencio en los que un actor no recuerda sus líneas en el escenario, que ellas, en lugar de claudicar al no saber cómo seguir, aprovecharon como una oportunidad para que su vida fuera distinta, libre pese a la clandestinidad.
Es cierto lo que dijo Octavio Paz, somos hijas de la palabra. El lenguaje es creación, y nacimiento.
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