'Juego en el Barça y confieso que soy gay'
En el fútbol masculino se promueven solamente machos alfa según dicta la ortodoxia machista, a menudo con mujeres de postín, y nada que se salga del guion del heteropatriarcado clásico
Borja Iglesias, jugador del Celta de Vigo: "Intento no hablar mucho de política, porque no soy un experto"

Borja Iglesias posa amb l’equipament de la selecció espanyola. | ÁNGEL MARTÍNEZ / RFEF
Justin Fashanu fue el primer futbolista profesional que confesó, en una histórica portada en ‘The Sun', que era homosexual. Dejó de recibir ofertas, y fue marginado y ridiculizado, hasta que se suicidó. Fue en 1990, y aunque parezca mentira, desde entonces los futbolistas que se han atrevido a salir del armario se cuentan con los dedos de una mano. El último fue Josh Cavallo, un valiente balompedista australiano que, tras declarar ser gay este mismo año, empezó a recibir amenazas de muerte y ha visto cómo su carrera corría serio peligro. En la mayoría de ligas masculinas de primer nivel, incluida la Liga española, no hay ni un solo caso de futbolista que se haya declarado homosexual. Ni uno. Nadie. Estamos en 2025, y no sabemos de un solo hombre que, jugando a fútbol en la primera división española, haya declarado que le gustan otros hombres. Lo más cercano que hemos estado de una confesión es la que hizo en 2016 el árbitro de fútbol Jesús Tomillero, que tuvo que abandonar su profesión tras declararse homosexual, hastiado de los insultos y presiones que recibió. Sí sabemos de algún caso excepcional, como el de Borja Iglesias, que fue linchado en redes cuando apareció en su Instagram luciendo un bolso y defendiendo el derecho a vivir libremente la homosexualidad. Pero Iglesias, heterosexual, lo hizo solamente para enfatizar la gravedad del problema y dejar en evidencia que uno de los factores que impiden salir del armario es el de unas aficiones violentamente homófobas, que todavía hoy insultan a los rivales a golpe de “maricón, maricón”.
No es el único factor: jugadores que quieren preservar el anonimato confiesan que perderían patrocinadores e incluso que vulnerarían cláusulas de su contrato. Es decir: en el fútbol masculino se promueven solamente machos alfa según dicta la ortodoxia machista, a menudo con mujeres de postín, y nada que se salga del guion del heteropatriarcado clásico. Por suerte, el contrapunto a esta aberración es el siempre mejor y más sano fútbol femenino, donde jugadoras de primer nivel comparten en redes sus parejas del mismo sexo sin que tengan que ser perseguidas por ello. Hablo con Gloria Serra, contertuliana, amiga y aguda observadora del mundo, de la aberración insólita que supone que ningún futbolista pueda confesar libremente algo tan elemental como es su tendencia sexual. En el mundo, me resume Gloria en una frase lapidaria, solo hay dos sitios donde uno arriesga su vida si se declara homosexual: Afganistán y el planeta fútbol. Ciertamente, la única manera de empezar a revertir esta perversión asquerosa sería que la estrella de un gran club se atreviera a hacer esta confesión. Como buen culé, me gustaría que fuera un jugador del Barça, y que pudiéramos volver a sentir que, efectivamente, somos más que un club. Abrir un día el Instagram y empezar a leer: “Juego en el Barça y confieso que soy gay…”. ¿No sería maravilloso? De momento, solo es el título de este ingenuo artículo a la espera de que un día el fútbol empiece a ser un lugar menos hostil.
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