¿Edificios o ecosistemas innovadores?
La nueva ciudad del siglo XXI avanza hacia un modelo de distritos innovadores: áreas densas, con mezcla de usos, donde las actividades económicas, distintas formas de usos residenciales y actividades culturales conviven en un mismo espacio

Leonard Beard. / 5
Últimamente se están creando nuevos edificios industriales y de servicios, lo que en general representan procesos de transformación positivos para la ciudad que los acoge. Sin embargo, la pregunta es si estos procesos deberían formar parte de una estrategia para una nueva ciudad basada en la creación de ecosistemas urbanos innovadores.
Actualmente, en el área metropolitana de Barcelona existen unas 10.000 hectáreas de suelo industrial, clasificadas como 22a según el Plan General Metropolitano (de ahí viene el 22@ de Barcelona). Esta superficie industrial equivale a la totalidad del término municipal de la ciudad de Barcelona y es la huella física de la segunda revolución industrial que se desplegó aquí en la segunda mitad del siglo XX.
Durante los últimos cuarenta años este suelo ha seguido distintas transformaciones. Una parte se ha ido integrando en la trama urbana, pero sin convertirse en ciudad viva. Son espacios donde se trabaja, pero donde apenas se habita; lugares sin centralidad, sin comercio de proximidad, sin vida a partir de media tarde ni los fines de semana. En definitiva, la ciudad invisible, socialmente ausente.
Con la idea de 'preservar' más que de 'transformar', muchos de esos espacios se han llenado de almacenes, naves logísticas y, más recientemente, centros de datos. Estas actividades aportan inversión en edificios, pero muy poco empleo y escasa interacción urbana. El premio Nobel de Economía Daron Acemoglu lo resumía con ironía: en un centro de datos trabajan dos seres, un ingeniero y un perro; el ingeniero alimenta al perro, y el perro vigila que el ingeniero no toque nada.
Por su parte, los edificios aislados ocupados por nueva industria, sean de nueva planta o adaptaciones de antiguos espacios fabriles, son lo que Richard Sennett llama “edificios cerrados”: autosuficientes, sin vínculos reales con su entorno inmediato. Son lugares diseñados para optimizar la productividad interna, pero no para generar relaciones externas. Así se consolida una ciudad cerrada, donde la innovación se concentra en puntos aislados y no se contagia al conjunto urbano.
Frente a ello, la nueva ciudad del siglo XXI, como demuestran numerosas experiencias internacionales, avanza hacia un modelo de distritos innovadores: áreas densas, con mezcla de usos, donde las actividades económicas, distintas formas de usos residenciales y actividades culturales conviven en un mismo espacio urbano, con el espacio público como ámbito del encuentro y el intercambio. También es conveniente que esos ecosistemas urbanos estén próximos a espacios residenciales específicos como elementos de una trama urbana densa y compacta; la nueva ciudad viva y vibrante propia del siglo XXI.
Esta proximidad genera un efecto multiplicador sobre la productividad, la atracción de talento y la inversión, a la vez que contribuye a resolver la actual emergencia habitacional, generando formas residenciales a gran escala en nuestras ciudades.
En el caso del área metropolitana de Barcelona, la herencia de suelo industrial es un patrimonio valioso a transformar, no a preservar. No solo por su dimensión, sino por su ubicación: está integrado en la ciudad existente, conectado por infraestructuras y dotado de servicios. Transformar una parte de este suelo en distintas formas de ecosistemas innovadores urbanos permitiría crear nuevas centralidades que actúen como nodos de crecimiento equilibrado.
Según estimaciones de la plataforma Fractalogy.eu, la transformación de apenas un 10% de este suelo industrial en 20 años podría movilizar inversiones superiores a los 40.000 millones de euros, generando más de 500.000 empleos en actividades de alto valor añadido y mas de 100.000 unidades residenciales. Por otra parte, el Foro Mediterráneo estima que cada hectárea transformada en 'hub' o distrito innovador reduce un 30% las emisiones asociadas a la expansión urbana.
En resumen, el suelo industrial existente es una herencia de las revoluciones industriales pasadas y constituye un activo estratégico para la economía metropolitana. De cómo se gestione dependerá si se convierte en el motor de la nueva revolución, la de la innovación y la sostenibilidad, en una nueva ciudad viva y equilibrada socialmente, o bien en un conjunto de espacios residuales camino de la degradación. El futuro de las ciudades debe consistir en la creación de lugares donde las personas puedan vivir y trabajar, intercambiar ideas y generar valor económico y social.
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