Callemos
El ruido, sin duda, nos vuelve vulnerables. La hiperconectividad en la que vivimos inmersos, también, porque es una forma de ruido
El filósofo Byung-Chul Han, premio Princesa de Asturias: "Sin valores la libertad es una quimera"

El ruido del tráfico urbano no deja cantar a las aves
¿Se imaginan que el mundo entero enmudeciera durante cinco minutos? Algo similar a la celebrada Hora del Planeta —cuando se apagan las luces de todo el mundo para reflexionar sobre la emergencia climática— pero en versión sonora. Que yo sepa, no existe un Día Mundial del Silencio (aunque sí uno de la Concienciación del Ruido, que no es lo mismo). Hay días mundiales de todo (incluídos los de la croqueta, la camisa arrugada, el 'sudoku' o el infiel) pero el silencio no tiene quien le celebre, ni quien le reivindique. O sí lo tiene, pero no alzan la voz, para ser coherentes.
«El mundo entero se está convirtiendo en un ruidoso mercado», escribe el filósofo coreano Byung-Chul Han, último premio Princesa de Asturias de Humanidades, para hacernos ver que el silencio «no produce», no interesa a los poderosos y los que aspiran a serlo, sino todo lo contrario. Lo que más conviene a quienes mandan es que hablemos sin cesar, que no dejemos de dar nuestra opinión (incluso sin razón o sin conocimiento) y que prestemos atención a cuanto suena. Estamos tan distraídos con todo lo que oímos que no tenemos tiempo de pensar (tampoco de escuchar con atención), ni de atendernos a nosotros mismos. Pero hay una verdad innegable, otra vez en palabras del coreano: «El genio de la atención necesita silencio». Nosotros, los ruidosos, los que cada vez tememos más al silencio («sedatofobia», se llama ese pavor, ahora que tenemos un nombre para cada cosa), resulta que lo necesitamos para crear, para meditar, para reflexionar y para serenarnos. Aunque es probable que una sociedad de mentes serenas no convenga tampoco a quienes nos mandan. La hiperactividad tiene muchas ventajas comerciales (y políticas). El desquiciamiento, también.
Este verano pasado leí a la filósofa francesa Simone Weil. De cuanto subrayé en sus libros rescato ahora una sola sentencia: «La vulnerabilidad es una marca de existencia». El ruido, sin duda, nos vuelve vulnerables. La hiperconectividad en la que vivimos inmersos, también, porque es una forma de ruido. En el planeta hay más líneas de móviles que personas. El móvil es un dictador de bolsillo que nos crea necesidades que no teníamos hace cinco minutos. Nos aleja de lo que de verdad necesitamos.
Ya lo dijo Pascal: «Todo lo malo que le ocurre a los seres humanos deriva de un hecho: no saber quedarse solos en una habitación». La vulnerabilidad de la que habla Weil nos impide quedarnos a solas. Necesitamos huir de nosotros mismos, buscar más ruido que sumar al ajetreo. Y así cada vez más. El mercado ruidoso no solo no se detiene, sino que se expande. Nos devora.
Voy a adelantar mis deseos de fin de año: creemos un día mundial para valorar y perseguir el silencio. Dejemos de prestar atención a cuantas tonterías quieran decirnos. Dejemos de atender a las necesidades de otros. Escuchémonos un poco más a nosotros mismos. Pensemos. Y por favor, callemos un poco, así en la vida como en las redes, ni que sea durante cinco miserables y gloriosos minutos.
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