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Opinión | Linaje
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La importancia de llamarse Ramírez

Según la ensayista, el desclasamiento es un viaje de ida y vuelta. Que al destino del orgullo de clase se llega por las rotondas de la vergüenza y por los callejones de la traición

Noelia Ramírez, autora de 'Nadie me esperaba aquí'.

Noelia Ramírez, autora de 'Nadie me esperaba aquí'. / Elisenda Pons

Un buen día sales de cañas con algún plumilla que firma sus artículos o libros con una conga de apellidos engarzados y vagamente aristocráticos. En el momento de pagar, él asume la cuenta. Cuando le vas a hacer el bizum con el concepto “tres cañas y cuatro patatas bravas” descubres, asociado a su número de teléfono, su nombre real. En corto: detrás de cada Espinosa de las Armas de Cedillo del Caudillo Provincia de Toledo y Falcó y Olé de todos los Santos que Yo te Pinte Guadamú-Guadalerzas-Abanibí-Aboebé puede esconderse un Pérez, un Sánchez, un Gómez, un Ramírez acomplejado. Y detrás de cualquiera de estos apellidos reales, pero llevados con orgullo, una ensayista de alto quilate.

Es el caso. La escena del bizum la describe Noelia Ramírez en su ensayo 'Nadie me esperaba aquí', que acaba de editar Anagrama. Y es muy reconocible: a mí me ha pasado tanto leyendo a traición un DNI en un baño como recibiendo los datos fiscales para una factura. Cuesta más comprar una tercera residencia, y más aún labrar en piedra un escudo de armas para blasonar su fachada, que calzar entre dos apellidos un guioncito o separarlos con una preposición. Quizá por eso, en entornos creativos es una práctica habitual (también lo es lo contrario: ocultar que podrías saltar de link en link azul durante horas por el exuberante y pijísimo árbol genealógico de tu perfil en Wikipedia).

En descargo de quien adorna su nombre, es cierto que lo han hecho los más grandes. Más o menos a los 29 años, Balzac reveló al mundo que él no se llamaba Honoré Balzac, sino Honoré de Balzac. Esa partícula indicativa de título nobiliario le venía, según él, de un pariente lejano de un antiguo linaje galo (su padre bromeaba con esa posibilidad, pero él hasta pintó el escudo en su primer carruaje). Y Oscar Wilde, que eliminó todo rastro de sus apellidos irlandeses, escribió sobre la obsesión victoriana por los nombres en 'La importancia de llamarse Ernesto'. Yo he citado a dos hombres, pero la autora aporta ejemplos más variados y menos obvios que los míos.

Voy a decir una perogrullada: Noelia Ramírez no habría podido firmar un ensayo como 'Nadie me esperaba aquí' sin llamarse Noelia Ramírez. Si a su madre no la hubiera enseñado a leer un cabrero mientras vigilaban el ganado en una aldea de Ciudad Real, si su padre no se hubiera deslomado en turnos nocturnos para la Braun, si hubiera tenido en casa vinilos de los Beatles en lugar de casetes de gasolinera, o si no hubiera ocultado esos orígenes durante sus años universitarios, este libro no existiría. Pero tampoco si la autora hubiera tomado todo ese bagaje biográfico como excusa para escribir un panfleto pergeñado con ideas oportunistas y baratas.

Ramírez cuenta en este ensayo fecundísimo que el desclasamiento es un viaje de ida y vuelta. Que al destino del orgullo de clase se llega por las rotondas de la vergüenza y por los callejones de la traición. Que a veces una huye de lo feo, quizá en un Ford Fiesta sin dirección asistida, para regresar a la caza de lo auténtico. Es en los toldos verdes y en las bibliotecas públicas donde uno se reencuentra, en la madurez, con el orgullo y con la voz.

La precisión y la honestidad de Ramírez, que supo encontrar epifanías tanto en textos de Joan Didion como en 'raves' de electrónica, a salvo del lenguaje violento y gallito de su barrio, cristaliza en dos escenas magníficas. La primera: cuando en sexto de EGB su padre entró en su clase y dijo: Tengo que llevarme a Noelia al dientista (y la autora sintió vergüenza “de quien te ha pelado la fruta desde que naciste”). La segunda: cuando su madre falleció y le legó un tarro con una etiqueta donde se leía: Noe Pisto 2023 (y ella entendió que acaso su madre sellaba tarros de asadillo y pisto tal y como ella almacena y remueve ideas nutritivas en su libro). Sin tirarse el pisto. Sin inflar ni explotar tus raíces, entendiéndote desde ellas. Ni víctima ni vengadora, sin performar prosperidad ni pobreza, sabiendo que esto del privilegio es una cadena trófica (somos privilegiados para algunos y otros lo son para nosotros), proponiendo desde la duda y desde la contradicción.

Hay tanto impostor suelto que un ensayo así era muy necesario y es muy hermoso. Y demuestra la importancia de llamarse Ramírez.

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