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Opinión | Sociología
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Sueños que cuidan: la otra cara del emprendimiento juvenil

La voluntad de emprender crece donde las redes comunitarias apoyan la iniciativa, mientras que en los entornos urbanos más saturados predomina una visión más instrumental y estratégica

Solo el 12,3% de los emprendedores de España tiene menos de 34 años

Solo el 12,3% de los emprendedores de España tiene menos de 34 años

Me admira el empuje de las generaciones que suben. Han crecido en un mundo donde las oportunidades parecen escasas, el futuro laboral es incierto y el proyecto de emancipación, a menudo, truncado. Ante este horizonte, muchos jóvenes no esperan encontrar un trabajo: se lo inventan. Es, quizás, la segunda vuelta de la mirada posmoderna: el sistema no los acoge y, a la vez, ellos ya no lo ven. Allá donde había un mercado laboral y un Estado del bienestar que prometían estabilidad y seguridad, ahora solo hay una carrera individual: trayectorias ascendentes, a menudo meteóricas, donde el valor ya no viene del reconocimiento colectivo sino de la marca personal. En este escenario, el emprendimiento no es solo una opción profesional, sino una estrategia identitaria: una manera de dar sentido y coherencia a la propia existencia en medio de un mundo líquido, acelerado e hipercompetitivo.

Me admira también la asunción de que cualquier idea, preocupación o necesidad puede ser proyecto. De alguna forma, han interiorizado que emprender es una manera de dar respuesta a sus necesidades, y en algunos casos quizás la consideran única. A menudo se dice que la juventud es la caja de resonancia del sistema. Me pregunto si es una de las derivadas del discurso neoliberal predominante, amplificado por las plataformas digitales más habituales, que riegan a chorros la idea de las personas hechas a sí mismas. La combinación de marca personal, épica del esfuerzo y visibilidad constante configura un imaginario donde el éxito es individual y público a la vez. En las redes, entre tutoriales de autoayuda, historias de superación y 'reels' motivacionales, se alimenta el gusanillo de la heroicidad emprendedora.

Con los datos en la mano, a un 40% de la población entre 15 y 34 años le gustaría montar su propio negocio. Según la encuesta de juventud más reciente (2022), las trabas son el riesgo que comporta, la carencia de habilidades emprendedoras o el acceso a la financiación. Las diferencias de género son notables (45% de chicos se plantean emprender, respecto al 36% de chicas). La franja de edad más atrevida es la de los 15 a los 19 años, y territorialmente destacan las comarcas gerundenses (45%) y la Catalunya Central (43%). El área metropolitana queda en tercer lugar, con un 41%.

Esta diferencia puede explicarse por varios factores sociológicos y económicos. Por un lado, las zonas más pequeñas o con un tejido productivo más diverso y flexible tienden a fomentar el autoempleo y la cultura de la proximidad, donde emprender a menudo se asocia a la continuidad de negocios familiares o a la creación de proyectos arraigados en el territorio. De la otra, en el área metropolitana, la densidad institucional y empresarial puede hacer que la idea de emprender se viva como un proyecto más competitivo y exigente, a menudo asociado al ámbito tecnológico o corporativo, en forma de 'start-up' digital.

En síntesis, la voluntad de emprender crece allí donde las redes comunitarias y la identidad local apoyan la iniciativa, mientras que en los entornos urbanos más saturados y jerárquicos predomina una visión más instrumental y estratégica del emprendimiento. Los datos del Observatori del Traball muestran hasta qué punto la precariedad, la rotación constante y la escasez de oportunidades estables configuran el mercado laboral juvenil. En este contexto, el emprendimiento emerge como una alternativa casi natural: una vía para recuperar la autonomía e imaginar un futuro propio allí donde el sistema no ofrece.

Me admira el empuje y me preocupan los datos sobre la forma desigual cómo se distribuye la posibilidad de emprender. Pero, sobre todo, me preocupan los relatos. Más allá del lenguaje de la autorrealización y de la construcción del propio futuro, emergen dos vías muy diferentes: emprender para transformar el mundo o emprender para conquistarlo.

De nuevo, hay una fractura de género evidente. Los referentes del héroe unicórnico continúan asociados a perfiles masculinos, individualistas y competitivos, mientras que la voluntad de mejorar el mundo resuena más entre proyectos corales y liderazgos femeninos, a menudo arraigados en el territorio o con vocación comunitaria. Dejemos de alimentar los mitos de los genios solitarios para fomentar proyectos de propósito compartido. Que cada proyecto sea una apuesta sobre el mundo que queremos.

Tendríamos que empezar a explicarles más y mejor que el futuro no depende tanto de las ideas que generamos, sino de como decidimos cuidarlas, con quienes las hacemos crecer. Que emprender puede ser una manera de querer al mundo, si el objetivo no es destacar, sino hacerlo más habitable para todos.

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