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Opinión | Lengua vehicular
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El problema de Rosalía

Para quienes se codean con lo más selecto del mundo, las reivindicaciones respecto a qué lengua deben usar, qué bandera deben ondear o qué deben declarar en las entrevistas, son algo ajeno, cosa de acomplejados

Rosalía se une a la Escolania de Montserrat en su nuevo disco para conectar con la fe: "Para hablar de Dios de según qué manera no hubiéramos accedido, pero, tras revisar sus letras, nos atrevimos"

Rosalía se emociona escuchando el 'Virolai' interpretado por la Escolania de Montserrat

Abadia de Montserrat

El problema de Rosalía es el mismo que el de los Gasol, Marc Márquez, la Caballé, Juan Marsé, Dalí, Nacho Vidal, Pla y unos pocos más, cada uno en su ámbito: son tan grandes que el provincianismo de los catalanes no alcanzan siquiera a advertirlo, y eso que salen ganando. No es que a los gigantes les resbale -que también- todo lo que digan personajes minúsculos de los que nadie conoce su existencia más allá de su región, tal vez de su pueblecito, es que están tan arriba que ni tan solo lo perciben. Para quienes se codean con lo más selecto del mundo, las reivindicaciones respecto a qué lengua deben usar, qué bandera deben ondear o qué deben declarar en las entrevistas, son algo ajeno, cosa de acomplejados. Miran hacia abajo y, fijándose mucho y forzando la vista, les parece ver a alguien con una estelada minúscula gritando no sé qué, alguna burrada como siempre, suponen.

Quien es importante -importante de verdad, no quienes en Catalunya acostumbran a creerse importantes- sale al mundo, se apropia de él, y a partir de ahí hace lo que le da la gana, como Rosalía, sin dar explicaciones y, sobre todo, ignorando a todos los paletos que quedaron atrás, y quedaron atrás precisamente por paletos. Es mentira que quien pierde sus orígenes pierda su identidad, el poeta no tenía ni idea de lo que decía, como todos los poetas. Por lo menos en la Catalunya actual, perder los orígenes es la mejor forma de conseguir una identidad propia, lejos de tanto dictador sobrevenido que pretende imponernos la suya.

Si a Rosalía le importa un pimiento la opinión de los perpetuamente acomplejados, imaginen lo que le debe de importar a Dios, que es el que manda en el monasterio de Montserrat, aunque la que está allí esculpida sea su madre chamuscada. Este no necesita codearse con nadie para ver las cosas desde muy arriba -a su vera tiene a unos cuantos de los mencionados al principio-, lleva ahí una eternidad. Suponiendo que los chillidos y lloros de quienes en los últimos días han sufrido un síncope porque el coro del lugar canta en castellano acompañando a Rosalía hayan llegado a sus divinos oídos -lo cual es mucho suponer-, debe de estar preguntándose qué fallo cometió durante la creación para que se le colara tanto imbécil entre la especie humana.

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