La antipolítica de la política
Si Feijóo ejemplifica la actitud contraria a la política al no destituir a un presidente que falla a su pueblo en su peor momento, y no fuerza unas nuevas elecciones por puro interés de partido, Sánchez es la otra cara de la misma moneda
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Leonard Beard. / 5
Hay un consenso general, entre los esforzados analistas de la vida política, en considerar la realidad actual como un “momento antipolítico”. En el escenario, todos los elementos: las grandes mayorías pierden la ídem, y sudan tinta para conseguir acuerdos que, en la práctica, se convierten en auténticos jeroglíficos; la centralidad política se reduce drásticamente, asediada por los populismos en los extremos; la insatisfacción ciudadana se transmuta en rabia y se fascina con el histrionismo de los alfas que salvan al pueblo; y a medida que la complejidad nos ahoga, los problemas sociales se reducen al simplismo más aterrador. “Es la antipolítica”, claman los 'spin doctors', y con este santo grial conceptual todo queda aclarado. Al final, en la era de TikTok y X, la realidad se reduce a un simple lema.
Pero, ¿qué o quién es la antipolítica? Desde las poltronas del poder establecido, el dedo acusador lo tiene fácil: los nuevos fenómenos populistas, y/o la acción de partidos minoritarios que rompen los consensos mayoritarios. Ergo, en España la antipolítica la representa el extremismo de Vox, la retórica inflamable de Podemos o, incluso, la decisión de Junts de romper con el PSOE y dejar en coma la legislatura. Ciertamente, se podría estar de acuerdo en algún punto, especialmente por lo que hace a Vox, el gran destructor de consensos sociales. Pero, incluso en este caso extremo, lo que hace Vox es política pura, porque la antipolítica no la crea el Curro Jiménez de la extrema derecha sino aquellos que hacen antipolítica desde el poder. De forma que, nuevamente, ¿qué es la antipolítica?
Por ejemplo, la antipolítica es Mazón. Es evidente que Vox se aprovechará de la situación y crecerá en votos. Pero es Mazón quien gestionó una tragedia de la peor manera. Es Mazón quién se mantuvo en la poltrona sin asumir ninguna responsabilidad, en un ejercicio indecente del poder por el poder. Y es Mazón quien, después de arrastrarse durante un año penoso, ni siquiera sabe irse con un mínimo de estilo. Pero, más allá de Mazón, la antipolítica también la ha representado en Valencia un PP en estado catatónico, incapaz de tener un mínimo de autoridad. En medio de la tragedia de 229 víctimas mortales y decenas de miles de afectados, el partido que representa la política en el sentido más clásico no ha gestionado adecuadamente, se ha aferrado al poder, no ha asumido la responsabilidad y no ha sido capaz de reaccionar. Esto es la antipolítica al por mayor. Lo demás son menudencias.
Y si Feijóo ejemplifica la antipolítica al no destituir a un presidente que falla a su pueblo en su peor momento, y no fuerza unas nuevas elecciones totalmente necesarias, por puro interés de partido, Sánchez es la otra cara de la misma moneda. La antipolítica no tiene nada que ver con que Junts rompa una alianza de investidura después de sufrir innumerables incumplimientos, haber avisado que aquello ponía en riesgo el acuerdo y, finalmente, tomar la decisión coherente al respecto. En este sentido, el comportamiento de Junts es política pura, transparente y honesta, no en vano se han cumplido todos los requisitos de la honestidad democrática: un acuerdo transparente, unos incumplimientos, avisos reiterados y ruptura. ¿Qué tiene de antipolítica esto, más allá de querer creer que lo que no va a favor del PSOE, no va a favor de la política? Al contrario, quien está haciendo una acción antipolítica sistemática es Pedro Sánchez, y los ejemplos son de manual: se alía con los que, en campaña, quería encarcelar; usa un conflicto sangriento para hacer propaganda partidista; no cumple los acuerdos que lo han hecho presidente; enreda, manipula, gana tiempo; está asediado por todo tipo de escándalos y se mantiene en el poder; pierde la mayoría parlamentaria e igualmente se mantiene en el poder; como su adversario político, no convoca elecciones por puro interés propio. Todo este comportamiento, ¿qué tiene que ver con la política? Nada. Al contrario, este tipo de actuación vulnera la idea del político como servidor público, instala la mentira y el trilerismo como método de acción, rompe la confianza ciudadana, simplifica la complejidad y alimenta las ideas mesiánicas. Pura antipolítica, desde la política.
Después vendrán los Vox y compañía, y entonces todos estos se pondrán las manos en la cabeza y gritarán “o yo o el abismo”. Habrán creado el problema y ahora querrán sobrevivir gracias al miedo.
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