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Opinión | Educación
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¿Y las escuelas de negocios?

Estos centros tocan el violín cuando se trata de antiguos alumnos convictos, tóxicos, explotadores o estafadores, como si esto fuera el resultado de su talante personal, y el paso por sus aulas una anécdota irrelevante

Así es el patrimonio de Trump: criptos, ladrillo y golf lo han hecho el doble de rico durante su presidencia

El presidente de EEUU, Donald Trump.

El presidente de EEUU, Donald Trump. / Lukas Coch/AAP/dpa

Se ha hablado mucho de la lucha de Trump por someter a las universidades a sus caprichos. Nada sorprendente en un narcisista compulsivo y un ególatra colosal como él. Pero en ese contexto sorprende un poco más el silencio de las escuelas de negocios. Cuando uno entra en la web de la Trump Organization lo primero que encuentra es la afirmación de que estamos ante una historia de éxito y ante el arquetipo de un hombre de negocios y de un negociador sin parangón. ¿Qué piensan de ello las escuelas de negocios? Personalmente, siempre he creído que lo que suelen tener pendiente de esclarecer es qué entienden por éxito, y por éxito empresarial. Como si su trabajo fuera simplemente proporcionar competencias, capacidades y formación para que cualquiera las ponga al servicio de los propósitos o el impacto que considere más conveniente, sin que esto se pueda cuestionar ni discutir.

El debate MAGAnacionalista es lo que nos entretiene políticamente porque es lo que compra la gente. Pero lo que está en juego y lo mueve es el dinero y el poder: y ese es el punto donde deberían tener algo que decir las escuelas de negocios. Porque quizá se debería hablar de su responsabilidad en los discursos de gestión y negociación que se han impuesto durante años, donde todo era coste-beneficio, cuenta de resultados, objetivos e intereses, y ser más fuerte que el adversario para poderte imponer. Con Trump el foco no es América ni la nación o la patria (aunque esto es lo que se utilice para movilizar al personal): el foco es lo que entendemos por gestión empresarial, negociación y resultados. Por éxito (y éxito empresarial), al fin y al cabo.

A esto podemos añadir esa tontería tan extendida según la que lo que hay que hacer es aplicar a la política un modelo de gestión y negociación empresariales. Bien, en el caso de Trump esto le ha funcionado: según 'Forbes', su riqueza ha aumentado en 3.000 millones de dólares desde su acceso a la presidencia. Pero debemos esperar que algún día los beatíficos defensores de esta confusión entenderán que una cosa es la eficiencia y la evaluación de resultados, y otra que el bien común sea lo mismo que una empresa.

¿Y qué decir de la capacidad de negociación de alguien que considera que negociar es un juego de suma cero donde el objetivo es vencer y someter? Dejo a los expertos la valoración de su volubilidad imprevisible con los aranceles y a los psiquiatras sus rabietas de niño malcriado con el Nobel de la Paz. La síntesis entre su política empresarial y su forma de negociar se simboliza en que sus enviados a negociar el alto el fuego en Gaza sean unos inversores inmobiliarios y financieros, que al parecer no se deben andar con sutilezas como para saber distinguir entre lo que el Papa León XIV llama siempre una paz justa y la paz de los cementerios. Como todo hace pensar que nos encontramos no ante la negociación de la paz sino de la supuesta paz como condición para hacer mejores negocios, ya estoy ansioso por saber quiénes serán los primeros en escribir un caso que lleve por título la paz como modelo de negocio.

En los últimos años estas escuelas han incorporado -sea por convicción, por conveniencia o por compulsión- la sostenibilidad no como un tema complementario sino como una forma nuclear de entender la contribución que hoy se espera de las empresas; y hablan del cambio climático aunque sea, al menos, como un análisis de riesgos. De ahí, por ejemplo, la proliferación de cursos, sesiones, análisis y publicaciones sobre el llamado modelo ESG. Pero con un Trump instalado en el negacionismo del cambio climático, imponiendo normas que dificultan el activismo accionarial u obviando todas las iniciativas ESG resulta extraño el silencio de las escuelas de negocios, al menos de aquellas que no hablaban de estos temas como una forma elegante de lavado de cara.

Quizás lo explica un patrón generalizado en estas escuelas y en sus asociaciones de antiguos alumnos: les encanta exhibir y asociarse con directivos y empresas exitosas, como si esto fuera el resultado de haber pasado por sus aulas. Pero tocan el violín cuando se trata de antiguos alumnos convictos, tóxicos, explotadores o estafadores, como si esto fuera el resultado de su talante personal, y el paso por sus aulas una anécdota irrelevante. Siempre he pensado que, puesto que se habla tanto de transparencia y de rendición de cuentas, al menos un día al año deberían darnos también la lista de los convictos, tóxicos, explotadores o estafadores que han pasado por sus aulas.

En cualquier caso, cuando se presenta a Trump como una historia de éxito y como el arquetipo de un hombre de negocios y de un negociador sin parangón, en lugar de callar estaría bien que las escuelas de negocios nos dijeran -en tanto que, estrictamente, escuelas de negocios- si lo consideran como 'uno de los nuestros', y como un modelo de referencia en tanto que historia de éxito, hombre de negocios arquetípico y negociador. ¿O no?

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