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Opinión | Contradicciones

Trincheras kitsch

Imagen de archivo del alcalde electo de la ciudad de Nueva York, Zohran Mamdani

Imagen de archivo del alcalde electo de la ciudad de Nueva York, Zohran Mamdani / Europa Press/Contacto/Liri Agami

Mientras la prensa parece asustarse frente al ascenso de la derecha, Nueva York ha elegido alcalde a Zohran K. Mamdani, un musulmán nacido en Uganda que iza la bandera comunista. En los Estados Unidos del supuesto ultraderechista Trump, un musulmán de la ultraizquierda gobierna en Nueva York. Del mismo modo, en España, el previsto ascenso de Vox o del partido de Orriols se ve compensado por un cierre de filas en torno al PSOE. Pase lo que pase con Sánchez, domina miedo a la derecha.

Al mismo tiempo se ha hablado mucho en las últimas semanas de un resurgimiento de la espiritualidad. Parece que el cristianismo se ha hecho un lifting facial. Rosalía se viste de monja sexy y se ha teñido una aureola en el pelo. Las I¡iglesias vuelven a ver rostros jóvenes. Y una directora agnóstica filma sin demonizar a la Iglesia 'Los domingos', una película sobre una niña que quiere ser monja.

La fotografía de Occidente parece el mismo de hace 100 años. ¿La historia se repite? ¿Vuelven las fichas al mapa de entreguerras? Eso parece, a no ser que se atienda al detalle.

Un neonazi es "un nazi que se cree nazi", ha definido Rodrigo Cortés en su Verbolario. Nosotros podríamos decir lo mismo del nuevo comunismo, del neoliberalismo y de ese resurgimiento cristiano. Para huir de la incertidumbre del futuro, todos se creen capaces de volver al pasado al armarse con una bandera. Pero ni siquiera cuando se repiten las grandes ideas vuelven de la misma manera. Las fichas parecen las mismas, pero no lo son. Algo sustancial ha cambiado.

Trajes hechos a medida

Pese al corte de pelo, los neonazis no sobrevivían ni 10 minutos a un régimen nacional-socialista. Yolanda Díaz no está dispuesta a dejar de ser cliente VIP del Corte Inglés de Serrano y Pablo Iglesias no pide que le expropien su chalet. Los neoliberales son incapaces de prescindir del Estado social y el nuevo cristianismo, de momento, no pasa de ser más que un emotivo musical.

Las banderas no representan ya a una colectividad cohesionada. No son más que trajes hechos a medida que permiten cubrir estéticamente las vergonzantes incertezas individuales. Por eso, todas estas contradicciones no hacen mella. Porque la coherencia no es una exigencia de la estética. Cada uno puede disfrazarse de lo que quiera, según sus sentimientos, mezclando cuantos discursos quiera para enarbolar su propia verdad.

Porque la verdad no existe y ha sido inteligentemente sustituida por la idea de autenticidad: todo está bien mientras tú sientas y será verdad mientras tú lo sientas. Y las grandes frases permiten que uno se sienta revolucionario, libre y dueño del propio destino sin necesidad de deshacerse de sus propias incoherencias. Las trincheras no son más que un trampantojo. Son trincheras kitsch.

Sin embargo, esa aparente guerra cultural cubre el verdadero fenómeno político: el triunfo moral del liberalismo. Se acusa al Partido Popular de falta de discurso, pero su ideología es la base de todos los demás partidos. Los socialdemócratas son ricos sin contradicciones. Los independentistas odian España mientras bailan en un 'after' de Madrid con una actriz feminista polioperada. Mientras tanto, los cristianos pueden imaginar que Jesús de Nazaret en realidad murió con una guitarra en las manos.

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