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Opinión | Apariencias
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Policías embozados

No hay que sacar conclusiones prejuiciosas por la imagen de las personas

Archivo - Efectivos de la Policía Nacional desplegados en el Polígono Sur en una foto de archivo.

Archivo - Efectivos de la Policía Nacional desplegados en el Polígono Sur en una foto de archivo. / María José López - Europa Press - Archivo

Disculpe, ¿me sabe decir si antes había aquí una oficina de correos? Formulo esta pregunta a un policía que se encuentra de guardia a las puertas de un edificio institucional. Su aspecto es turbador: a su condición de policía hay que añadir su altura y complexión, que va armado y que apenas puedo distinguir su cara. Lleva unas gafas de sol muy oscuras, un pasamontañas hasta la nariz y la cabeza cubierta por la clásica boina ladeada.Todo ese conjunto impide que se le pueda intuir el mínimo atisbo de una facción amable. No sé distinguir si me está mirando porque es imposible apreciar su mirada detrás de aquellos cristales tan oscuros. La barbilla, ligeramente levantada, me hace sospechar que no me mira directamente a los ojos sino que lo hace más allá de mí, pero es un suponer. Muy serio, tarda unos segundos en responderme y con un tono inesperadamente amable me contesta que lo ignora pero que se lo pregunta a un funcionario que sale en ese momento por la puerta del edificio. Se da la vuelta, le pregunta a un señor de aspecto bondadoso si sabe algo de una antigua oficina de correos en aquel lugar, a lo que el funcionario bonachón responde de manera inesperadamente abrupta y antipática que no tiene ni idea, dejándonos al policía y a mí con la palabra en la boca. El agente se disculpa con la sensibilidad impropia de alguien con un aspecto tan drástico y tan poco amigable.

Me despido de él pensando en las ironías que tiene la vida: un agente de policía que en principio para el ciudadano debería ser una persona de la que sentirse protegido, me intimida por su aspecto severo, un agente del orden que debería darnos una imagen de proximidad, a ojos míos, un sujeto imperturbable, pero que inesperadamente me atiende con una educación y una amabilidad que nada tiene que ver con su apariencia. Por el contrario, el funcionario con aspecto bonachón resulta ser un huraño áspero, desagradable y malhumorado.

Saco una lección, consabida: que no hay que sacar conclusiones prejuiciosas por la imagen de las personas; y una propuesta: la policía debería despojarse de esa parafernalia amenazadora que le aleja de sus orígenes y que además confunde al ciudadano al que protege.

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