Saltar al contenido principalSaltar al pie de página
Opinión | La Calle Nueva
Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico

El periodismo es un ave extraña

Algunas de las tenidas de esta semana de jueces y testigos, o de bromistas que dicen haber sido periodistas, me han llenado de zozobra

El juicio al fiscal general revela cómo afectó a González Amador el interés de la Fiscalía por ganar el pulso a Miguel Ángel Rodríguez: "Me mató públicamente"

El fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz, , a su llegada la segunda jornada del juicio al fiscal general del Estado, en el Tribunal Supremo, a 5 de noviembre de 2025, en Madrid (España).

El fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz, , a su llegada la segunda jornada del juicio al fiscal general del Estado, en el Tribunal Supremo, a 5 de noviembre de 2025, en Madrid (España). / A. Pérez Meca - Europa Press

Esta semana de España es una época rara en la que todo parece ficción o mentira. Unos señores con toga (todos son señores, por cierto, excepto dos defensoras del reo) escrutan lo que dicen unos ciudadanos, perplejos o tristes, o indiferentes, acerca de lo que ocurrió hace tiempo, y fue casi de madrugada. Una noticia que tuvo todo el mundo, por lo que parece, llegó a la mesa camilla del acusado y éste, que ha ido vestido de fiscal, porque lo es, tiene que explicar ahora cómo supo lo que, por lo que se ve en la sala, conocía todo dios.

A este hombre, el acusado, le dejarán hablar al final, así que a quienes lo vemos con su toga (es fiscal, no es cualquiera) y su frente preocupada nos da como lástima no poderle ofrecer, al menos, un café, unos buenos días, algo que le alivie ese rostro de culpable o de inocente y lo haga sentir parte de los otros togados, que han venido como para estar callados, menos el jefe de los jueces, que atiende como si fuera un periodista.

En el rostro que tienen las personas cuando no saben si suben o bajan está también el rasgo de la inocencia, excepto para los que lo miran mal. Y en este caso son muchos los que miran mal a este hombre de frente despejada que sólo ha sonreído una vez, cuando los suyos, es decir, los que lo consideran buena gente, le gritan desde el burladero deseándole que le vaya bien.

Luego el hombre se ha vestido de fiscal y ni entonces recupera la seguridad en un rostro que parece contrito o de culpable. Atrás quedó el aplauso de los suyos, que deben ser fiscales también, pero de su lado. Lo que se avecina es una corrida de toros que se celebra muy de mañana, y este que entra al ruedo parece prematuramente degollado.

Lo que ocurre es muy solemne, pero si se resume, o se pone en una mesa y se escruta, parece una sesión del cine que se hacía antes, cuando un juicio podía durar toda la película.

Cuando los ves ahí, sentados, silentes, togados, parecen compañeros del que manda, el que se sienta en medio de todos. Ese personaje, claro, el que manda, es por supuesto el presidente de la sala, que a veces muestra una perplejidad que lo lleva a la frontera de la broma.

El testigo principal, que ha ido señalando al acusado con una saña que le cuelga de la boca, habla como si estuviera en su casa y hallara alrededor que todo el monte es orégano. Sin embargo, es tan vehemente lo que dice, como si estuviera herido y no fuera de mentiras sino esencialmente herido y de muerte, que lo tienen que calmar como para arreglarle los desperfectos de la edad, pues parece más un muchacho que el hombre que es.

Pone este hombre, de voz atiplada como la mía, los ojos en el lado del susto y con eso quiere decirle al juez principal que se ponga en la tesitura de defenderlo como un padre defendería, aunque fuera culpable, a su hijo. El juez, claro, le dice que se vaya con la música a otra parte, que hable con su abogado, que él se tiene que callar porque luego le piden cuentas todos aquellos que callan y ni toman nota.

Alrededor de este representante de lo público están esos adláteres, que a veces susurran lo que sea, seguramente para que no se pierda lo que está diciendo el acusado, que por cierto también es togado, o lo que tenga que decir el que acusa, que en una de las tenidas de la semana avisó de que a lo mejor le resultaba adecuado terminar con su vida.

Algunas de las tenidas de esta semana de jueces y testigos, o de bromistas que dicen haber sido periodistas, me han llenado de zozobra. Aparte de lo que dijo, dramáticamente, el secretario de la presidenta de Madrid, me sorprendió todo, es decir, esta sesión múltiple, lenta y tensa, que no representa sino una especie de burla que luego se irá arreglando con la ropa de una sentencia.

En el momento más grave de las sesiones entraron allí los periodistas. El periodismo es ahora un ave extraña, pues se basa en lo que se sabe a ciencia cierta, pero hay (como suele pasar en estas solemnidades) formularios que hacen parecer que los periodistas son también mentirosos a los que hay que atar corto por si acaso. En esta ocasión hubo uno que se llamó a sí mismo periodista, pero que trabaja en la Casa de Correos y no fue nunca eso que es, por ejemplo, Precedo.

Vi uno a uno a los colegas y me dio la impresión de que sabían más que el fiscal incriminado. Y si es así, si el periodismo lo sabe, qué hacen tantos letrados circunspectos pasando días y días tratando de saber lo que, según parece, mis colegas conocían antes de que el culpado tuviera que pasarse horas y horas siendo parte ensangrentada de un burladero.

Suscríbete para seguir leyendo