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Opinión | Conocidos y saludados
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Miguel Ángel Rodríguez, contra el periodismo

El director de gabinete de Isabel Díaz Ayuso ya admitió su mentira en su primera declaración judicial y el PP le avaló. Un detalle de por dónde van las cosas

El juicio al fiscal general revela cómo afectó a González Amador el interés de la Fiscalía por ganar el pulso a Miguel Ángel Rodríguez: "Me mató públicamente"

Miguel Ángel Rodríguez en el juicio del fiscal general

Miguel Ángel Rodríguez en el juicio del fiscal general

Que el periodismo no está en su mejor momento no es novedad. Es la inexorable consecuencia agravada por la digitalización de aquella advertencia de Kapuscinski: cuando se descubrió que la información era un negocio, la verdad dejó de ser importante.

Esta situación contrasta con la necesidad ampliamente reclamada de más y mejor periodismo para frenar al populismo que nos invade. Pero sucede que la credibilidad de los medios ha ido cayendo a la misma velocidad que lo hacía la confianza en todo lo que rodea a la política, según el CIS. Probablemente, por la relación de excesiva dependencia mutua pero también porque la afanosa búsqueda de inmediatez ha llevado a una celeridad que le niega al periodismo incluso la categoría de literatura con prisa.

Que las nuevas tecnologías y los prolegómenos de la IA convierten la actualidad en algo cada vez más complejo y resbaladizo es otra evidencia. Quizás por eso la mayoría de jóvenes admiten “evitar deliberadamente estar expuestos a las noticias”. Las causas del rechazo se atribuyen a la saturación informativa, al estrés ante lo negativo y a una menor importancia social. Lo compensan con un mayor seguimiento de 'tiktokers' e 'influencers', que se escudan en un concepto mal entendido de libertad sin intermediarios para ampliar la última ocurrencia en las redes. Sean dietas o migrantes. Se contagian así de las verdades alternativas de Donald Trump, que lo son en la medida que no pasan filtro alguno. El problema es que persiguiendo emociones niegan la razón avalada por los datos. El estómago se impone al cerebro.

Con todo esto encima de la mesa, este fin de semana se celebra el VII Congreso de Periodistas de Catalunya. Coincide con el juicio contra el Fiscal General del Estado que, de alguna manera, lo es también sobre las buenas y malas prácticas informativas. Han declarado ya 6 de los 12 cronistas citados, a cuyo testimonio el instructor no siempre quiso atenerse. Fuere por recelo, por prejuicio o para no desviarse de su objetivo: elevar a crisis institucional histórica un caso corriente de fraude fiscal reconocido por un ciudadano especulador, a quien su compañera sentimental convirtió en supuesta víctima política. Una maquinación orquestada por Miguel Ángel Rodríguez Bajón (MAR, Valladolid, 21 de enero de 1964)

El director de gabinete de Isabel Díaz Ayuso ya admitió su mentira en su primera declaración judicial y el PP le avaló, resaltando que mentir no es delito. Un detalle de por dónde van las cosas y cómo se justifican cuando pillan a uno de los propios. Pero, en el Supremo, MAR ha ido más allá. Definiéndose como periodista que trabaja en política ha debilitado todavía más este oficio porque no es el de “notario que necesite una compulsa”, dijo. Rodríguez ha reconocido que lanzó su órdago a través de “un mensaje que no se apoyaba en ninguna fuente”. Pero consiguió que circulara la falacia de que era Hacienda quien ofrecía un acuerdo a González Amador que, a última hora, retiró “por órdenes de arriba”. Y si pasó fue porque algunos periodistas lo convirtieron en consigna.

Además de rectificar a José María García, que asimilaba periodista a notario de la actualidad, Rodríguez también ha negado a Kapuscinski, para quien el periodista debe ser buena persona.

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