Basta de subvencionar el turismo
Lo interesante de verdad es que se haya abierto por fin el debate de fondo sobre qué modelo de país queremos y, sobre todo, quién y cómo lo tiene que pagar
Los turistas 'prémium' apenas llegan al 2% del total, pero gastan cuatro veces más que la media

Un grupo de turistas con maletas pasean por la Rambla. / Ferran Nadeu
Nada puede igualar la capacidad que tiene una mente brillante para cambiar ideas preestablecidas. Una conferencia inaugural del Col·legi d'Economistes ha servido para sacudir el ‘statu quo’ en el que vive demasiado placenteramente el sector del turismo en Barcelona. Fue Josep Oliver, catedrático de Economía Aplicada por la UAB, quien se atrevió a abrir por fin un debate tabú en nuestro país: subir el IVA a la restauración y la hostelería del 10% al 21%, dejar de subvencionar indirectamente el alcohol o el tabaco y poner peajes en las autopistas para los turistas. Es decir, lo que propone Oliver, y que han secundado economistas de la talla de Guillem López-Casasnovas o Miquel Puig, es empezar a cambiar de modelo económico y, en definitiva, de país. Dicen con razón muchos de estos economistas que ya basta de fomentar con nuestros impuestos el monocultivo del turismo y sus derivados, y que ha llegado el momento de plantearnos qué sociedad queremos construir de verdad con nuestros impuestos. Que estemos regalando la AP7 gratis a millones de turistas cada año cuando nosotros sí pagamos cuando conducimos por las autopistas europeas, demuestra no solo que somos tontos al dejar de recaudar unos preciosos recursos, sino que además hemos estado condicionados durante demasiado tiempo por el influyente ‘lobi turístico.
Nadie propone cargarse una industria que todavía supone más del 13% del PIB nacional, pero lo que sugieren las medidas razonables expuestas por Josep Oliver es que la política debe empezar a entender que ya no estamos en los años ochenta, donde debíamos agradecer paternalmente a los ‘foreigners’ que vinieran a salvarnos con sus dineritos. Como era de esperar, han salido en tromba los gremios correspondientes de restauración y hostelería con su habitual discurso apocalíptico de que si se cambia algo se hundirá el país, pero digamos que ya está descontado que cada cual defienda sus propios intereses. Lo interesante de verdad es que se haya abierto por fin el debate de fondo sobre qué modelo de país queremos y, sobre todo, quién y cómo lo tiene que pagar. En los últimos años se ha demostrado, por poner un ejemplo, que la marca Barcelona es tan potente que se basta perfectamente por sí sola. Para proyectarnos en el mundo, y para que vengan turistas, ya no es imprescindible ni un gran premio de F1 ni un tuit de Obama elogiando un restaurante de la ciudad. Tampoco es necesario que vayamos estimulando con nuestros impuestos una industria que ya puede vivir normalmente de los réditos de una de las marcas turísticas más poderosas del planeta. La novedad es que hoy, a diferencia de hace treinta años, dependen mucho más los grandes acontecimientos o las cadenas hoteleras de Barcelona, que al revés. Esto no quiere decir que pueda menospreciarse lo que ya se ha conseguido, pero sí que tiene que implicar que hay que empezar a cambiar las políticas públicas. Porque en cualquier país que se precie, la prioridad no son los turistas, sino los habitantes del país, que son en definitiva los que pagan los impuestos.
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