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Trump pierde un año después

Zohran Mandani, en el Brooklyn Paramount Theatre, la madrugada del miércoles tras salir elegido alcalde de Nueva York. / ZUMA vía Europa Press
De los resultados registrados en las elecciones celebradas el martes último resulta desorbitado deducir que Donald Trump sometió a referéndum su primer año de mandato y salió derrotado, pero no hay duda de que una cita que en otras ocasiones tiene una repercusión limitada tuvo esta vez una resonancia reseñable. La victoria de los aspirantes demócratas -en la ciudad de Nueva York, con un inmigrante ugandés, musulmán y socialista demócrata; en los estados de Virginia y Nueva Jersey, con dos candidatas centristas- ha puesto de manifiesto que el resorte movilizador no ha sido el partido, que sigue en el diván en busca de su alma, sino el hartazgo de una parte significativa y plural de la sociedad con la deriva del presidente, autoritaria, sectaria y muy a menudo dudosamente legal. David A. Graham, un analista con muchas horas de vuelo, afirma en la progresista The Atlantic que los demócratas ganaron “impulsados por el rechazo a la reelección de Donald Trump”; el conservador The Miami Herald no se anda con rodeos en un editorial: “El país vivió una ola azul [el color distintivo del Partido Demócrata]”.
El pretexto o la explicación dada por Trump a los malos resultados es que él no figuraba en las papeletas. Con independencia de que, más que un análisis, la reacción del presidente parece obedecer a un ataque de egocentrismo desmesurado, lo cierto es que el éxito demócrata, récords de participación incluidos -en Nueva York, el más alto desde 1969-, tiene todas las trazas de obedecer a una forma indirecta de votar contra Trump, de desaprobarlo a través de sus candidatos. Algunos avances de estudios demoscópicos poselectorales se inclinan a concluir que el éxito de Zohran Mamdani en la mayor ciudad del país es inseparable de un estado de ánimo transversal que deplora cuanto viene de la Casa Blanca, que desaprueba esa impugnación constante de los usos democráticos que procede de allí, de la proliferación de fobias que constituyen un rasgo característico de Trump, racismo incluido.
La publicación liberal The New Republic afirma que “los demócratas no tienen que elegir entre atacar a Trump y destacar la economía”. Uno de sus comentaristas lo resume así: “La política anti-Trump es política de asequibilidad, y la política de asequibilidad es política anti-Trump. No se trata solo de que no haya necesidad de elegir entre atacar la ilegalidad de Trump y abordar el tema del ‘precio de los huevos’, en la manida abreviatura de costes e inflación. Se trata de que ambas misiones son inseparables”. En el digital político.com se subraya que Mamdani enfrenta el desafío de demostrar que puede gobernar “una ciudad dividida que nunca antes había elegido a alguien como él”, una forma de destacar que incluso para Nueva York, abigarrada mezcla de diversidad y cosmopolitismo, la elección hecha va mucho más allá de un simple cambio en la alcaldía, porque Mamdani, de solo 34 años, se ha impuesto a un demócrata del establishment, Andrew Cuomo, apoyado por Trump.
La insistencia en que Nueva York está lejos de ser una foto fija de Estados Unidos es tan cierta como que lo que allí sucede en el plano político, económico y cultural tiene repercusión a escala estadounidense y mundial. Hace unos años, en una sitcom sin mayor relevancia, un guionista anduvo listo: un joven recién llegado a la ciudad, acodado en la barra de un bar, cambia la expresión al escuchar los disparates de un candidato ultra que transmite un canal de televisión. A su lado, un hombre con canas lo tranquiliza: “No te preocupes, hijo -proclama-, esto es Nueva York”. Bien es verdad que en la llamada América profunda, cualquier cosa procedente de la gran ciudad está siempre bajo sospecha, pero no lo es menos que, para bien y para mal, posee un magnetismo especial, un exclusivo poder de captación.
A todo ello debe añadirse la victoria del gobernador demócrata de California, Gavin Newsom, que sometió a referéndum el rediseño de los distritos electorales. Se trata de un político que reúne algunas de las cualidades necesarias para aspirar al liderazgo demócrata, entre ellas que básicamente cae bien en todas las facciones del partido, su influencia ha crecido lentamente y es consciente de que la movilización del centro es el resorte que hay que activar en las elecciones legislativas de mitad de mandato del próximo año. Una cita capital para contener a Trump si por lo menos una de las dos cámaras logra mayoría demócrata y la incapacidad del presidente para el pacto da pie a situaciones tan insólitas como el cierredel Gobierno en vigor y sin fecha de caducidad. Quiere la Casa Blanca activar una reforma que permita aprobar por mayoría simple leyes como el Presupuesto, acaso para poner el parche antes que la herida que las urnas pueden infligirle en noviembre de 2026; es harto difícil que lo logre porque precisa disponer de una mayoría cualificada en el Senado y la Cámara de Representantes para sacar adelante el cambio.
Hay en la agresividad y la estética de Trump y su entorno, acrecentada después de ganar la presidencia, un desprecio patente por las grandes convenciones, la búsqueda de espacios intermedios que permitan poner en práctica medidas no excluyentes. Carece Trump de la cultura política que permite armar equipos que no sean alter egos del líder que los dirige; no cultiva Trump el respeto institucional debido a todos los poderes del Estado, a las diferentes instancias que lo articulan. Tiene, por el contrario, un concepto sectario y excluyente de la política, algo más propio de un líder predestinado que del presidente de una potencia global que debería admitir que no puede imponer siempre por la fuerza -a menudo bruta- un orden mundial ajustado a los intereses de quienes le rodean, singularmente los grandes nombres de las tecnofinanzas y de la industria militar.
Se avizora que en los resultados del último martes influyeron también otros factores como la rendición del Partido Republicano con armas y bagajes ante el modus operandi de Trump, pero resulta muy difícil no atribuirlos en primera instancia a él mismo, convertido en el principal agente adulterador de la cultura democrática. Barack Obama lo resumió con la brillantez de un gran orador el día antes de las elecciones. “Seamos sinceros, nuestro país y nuestra política están en un lugar bastante oscuro en este momento”. La reacción de Trump el miércoles no defraudó a sus afectos, y acusó una vez más a sus adversarios de manipular los resultados, pero la última encuesta revela que el 57% de los estadounidenses rechaza las políticas del presidente. El paisaje se ensombrece, la división se agrava.
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