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Opinión | Políticas industriales
Oriol Amat

Oriol Amat

Economista. UPF Barcelona School of Management

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Barcelona

Reindustrializar bien es posible

La ley francesa Florange o la transformación de la región minera del Ruhr, en Alemania, son dos ejemplos de cómo se pueden encontrar alternativas al cierre de empresas

Instalaciones de la siderúrgica Florange, en el departamento francés de Moselle, en la que en 2013 iban a ser despedidos más de 600 trabajadores.

Instalaciones de la siderúrgica Florange, en el departamento francés de Moselle, en la que en 2013 iban a ser despedidos más de 600 trabajadores. / Jean-Christophe Verhaegen / AFP

Tenemos un problema con la reindustrialización: no conseguimos revertir la destrucción de empleo que comporta el cierre de centros productivos. Demasiado a menudo, estas situaciones dejan tras de sí infraestructuras desaprovechadas y provocan un fuerte impacto social y territorial. Ante los déficits del modelo actual, hay que mirar hacia las experiencias internacionales que han logrado mejores resultados y extraer aprendizajes de ellas. Hace décadas, el ministro Carlos Solchaga afirmó que la mejor política industrial es la que no existe, pero el tiempo ha demostrado que este planteamiento era profundamente desacertado. Sin una buena política industrial, muchos territorios han perdido competitividad y capacidad de respuesta.

A nivel internacional, una de las iniciativas más destacadas es la ley francesa Florange, de 2014, que obliga a las empresas de más de 1.000 trabajadores a buscar activamente un comprador antes de cerrar un centro. Esta normativa ha permitido salvar muchos puestos de trabajo. Por ejemplo, el horno industrial Panavi fue sustituido por la empresa de pastelería Gelpat, que duplicó la plantilla y aprovechó la infraestructura existente. El centro de I+D de Sanofi en Alsacia, adquirido por Novalix, conservó los empleos y amplió las actividades del centro con una nueva sede, aumentando significativamente la ocupación.

Otro ejemplo es el de la región del Ruhr, en Alemania. Con la coordinación del Estado, las autoridades regionales y la iniciativa privada, esta antigua zona minera y siderúrgica inició una reconversión profunda a raíz del cierre de minas, culminada en 2018. Hoy viven allí más de cinco millones de personas en 50 ciudades y la región cuenta con 22 universidades, que impulsan la investigación y el emprendimiento. Uno de los símbolos de esta transformación es el antiguo complejo minero de Zollverein, en Essen, reconvertido en espacio cultural y museístico y declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Actualmente, el Ruhr reúne las condiciones para convertirse en modelo mundial de transición hacia una industria climáticamente neutra.

Estas experiencias demuestran que se puede reindustrializar, pero es imprescindible un cambio de enfoque. Es preciso un marco legal que obligue a buscar alternativas antes de cerrar, una planificación estratégica a largo plazo, la colaboración público-privada, la inversión pública continuada, la formación y recualificación de los trabajadores y la reducción de la burocracia, para agilizar los proyectos. Es el momento de construir una política industrial moderna que permita anticiparse a los cambios, dar respuesta a los retos sociales y ambientales, y generar nuevas oportunidades territoriales. El reto es actuar con visión, compromiso y voluntad transformadora antes de que lleguen nuevos cierres sin alternativas.

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