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Opinión | Amnistía
Ernest Folch

Ernest Folch

Editor y periodista

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La masa viscosa

La excusa es diferente, pero el objetivo siempre es el mismo: Sánchez debe caer, y debe hacerlo ahora mismo

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No me digan que no es especialmente divertido que aquellos que se proclamaban constitucionalistas cuando España se rompía se hayan vuelto de la noche a la mañana los grandes mamporreros en contra del Tribunal Constitucional. Sí, ha bastado una impecable confirmación perfectamente reglamentaria de la amnistía, también legalmente aprobada, para que la jauría madrileña de lobos rabiosos se haya lanzado contra su nueva presa, Conde-Pumpido, presidente del TC y nuevo demonio en la lista oficial de malvados. En esta nueva ofensiva el Madrid ultra se proclama fan del Tribunal Supremo, la última institución que sí han podido asaltar, y exhibe con orgullo su último fichaje de verano llamado Felipe González, que ha venido a decirnos que todos los que no piensen como él, sean del Gobierno o del Tribunal Constitucional, son en realidad unos corruptos, y nos confirma lo que ya sabíamos, que en realidad no sabe si votará más al PSOE. El expresidente empieza ya a cobrar los dividendos de su credo antisanchista, y hasta Pedro J. Ramírez, otrora su gran crítico, le escribe cartas de amor diciéndole que, aunque se acuerda de los GAL, ahora ya es por fin un buen patriota. Ya solo falta que un día Felipe y Aznar se abracen en algún aquelarre patrocinado y se cierre por fin el círculo de la Transición.

Y es que la masa viscosa madrileña de ultraderecha se parece cada vez más a una lengua de lava dispuesta a absorber cualquier ente que se proclame 'hater' de Pedro, sean jueces, periodistas o expresidentes, todos con un denominador común: una agresividad inaudita, mezclada con una impaciencia enfermiza. La excusa es diferente, pero el objetivo siempre es el mismo: Sánchez debe caer, y debe hacerlo ahora mismo. Lo grita Feijóo, lo grita 'La Razón', lo grita Felipe, lo grita el Tribunal Supremo. En su desesperado acoso y derribo, la masa viscosa no se da cuenta de que su pulsión histérica impide focalizar su ofensiva: un día Leire Díez confirma el fin del mundo, al siguiente Santos Cerdán es la prueba del apocalipsis, pero dos días después quieren decirnos que Trump hundirá España y hoy nos gritan que la amnistía romperá la nación. Es decir, mucho ruido pero muy mal repartido y peor planificado. Lo otro que han logrado es unir con pegamento a los socios de Sánchez, que han llegado al convencimiento de que es mejor hacerse el harakiri, antes ni siquiera de reunirse con nadie que provenga de esta masa tóxica. El PNV, Junts, Esquerra, Bildu o el BNG pueden no pasar por el momento más cómodo de la legislatura, pero saben que no hay absolutamente ninguna alternativa y que solo hay un bando en el que construir algo digerible para sus votantes. Cierto, la jauría ladra, pero mientras tanto Sánchez, aunque herido, cabalga. La paradoja es que el tiempo corre a favor del Gobierno de izquierdas y en contra de la derecha colérica, que ve cómo el congreso del PP está a la vuelta de la esquina, y de momento, como una pesadilla lampedusiana, todo sigue igual. Una de las características de las manadas de lobos hambrientos y furiosos es que cuando no se les da de comer empiezan a despedazarse entre ellos.

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