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Opinión | Sentencia del TC
Albert Soler

Albert Soler

Periodista

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La amnistía es legal: ¿y a mí qué?

Cuando un político llega a creerse que puede hacer todo lo que no esté expresamente prohibido, desaparece el político y aparece un comediante

El TC declara constitucional la amnistía del 'procés' con los votos de la mayoría progresista

La fachada del Tribunal Constitucional

La fachada del Tribunal Constitucional / JESÚS HELLÍN / EUROPA PRESS

No sé a quién puede importarle la opinión del Tribunal Constitucional respecto a la ley de Amnistía. A Pedro Sánchez por supuesto que no, ya demostró encerrándonos durante la pandemia que la legalidad o ilegalidad de una norma le importa bien poco mientras sirva a sus intereses, por él, como si el TC dice misa. A los ciudadanos, menos todavía, porque lo que les interesa de un gobierno no es que cumpla la ley -eso debería darse por supuesto- sino que no mienta ni se venda por siete votos, y ya sabemos que eso es lo que hizo el PSOE, sin necesidad de que nos lo confirme un grupo de magistrados. O sea, que el TC ha dedicado un tiempo precioso a discutir sobre si la amnistía es legal, algo que no interesa a nadie en absoluto. Si pudiera escoger en qué animal reencarnarme, elegiría hacerlo en magistrado del Tribunal Constitucional, eso sí que es vida y no la de un león marino, tumbado siempre al sol.

Por fortuna para el Gobierno de Sánchez, los tribunales todavía no juzgan la honradez, así que mentir, engañar, fingir y embaucar son acciones perfectamente constitucionales. Otra cosa es que sean actos éticamente reprobables, pero si hasta ahora al gobierno le han ido perfectamente las cosas sin saber qué demonios es la ética, no es cosa de empezar a averiguarlo a estas alturas. De hecho, ahora que Pedro Sánchez ha descubierto que le está permitido todo lo que no sea contrario a la Constitución, se le abren un sinfín de posibilidades, que seguro que no va a desaprovechar. Lo de mentir, cambiar de opinión o estafar a electores y militantes está muy bien, pero en adelante tendría que ir un paso más allá y salir de la zona de confort -qué ganas tenía de utilizar esta expresión tan cursi- que para él suponen los embustes continuos, que no tienen ningún mérito para un profesional de su talla. Ya que no lo prohíbe nuestra Carta Magna, a Pedro Sánchez le está permitido acudir beodo a las cumbres de la OTAN, recorrer desnudo y a cuatro patas la mesa del Consejo de Ministros durante las reuniones del ejecutivo, tener relaciones sexuales con una cabra (siempre que haya consentimiento mutuo), cambiar el Falcon por una carroza tirada por seis caballos negros, concursar en 'La Isla de las Tentaciones', mear cara al viento, ir a los toros, contar chistes verdes en misa, decretar que en España se sigan los usos horarios de Singapur, cambiar el rojo de la selección española de fútbol por el azulgrana y, por supuesto, amnistiar a quien le venga en gana o -mejor todavía- a quien le convenga por motivos políticos. Todo lo permite la Constitución, así que Pedro debe ir a por todas. Ha empezado por lo último de la lista por ser lo más fácil, aunque no falta quien, a la vista de sus declaraciones tras asistir a la última cumbre, cree que ha empezado justamente por lo primero.

Como escribió Julio Camba en una de sus crónicas parlamentarias, hay que admirar a estos gobiernos providentes que, en vista que por las buenas no aceptamos aquello que nos hace tanta falta, nos lo dan por las malas, igual que los padres dan a los niños enfermos aquellas medicinas que les han de restituir la salud. En España ignorábamos lo necesitados que estábamos de una amnistía para los líderes del 'procés', no sé si se han percatado ustedes de que, sin amnistía, las calles están llenas de gente llorando, de niños hambrientos, de asesinatos políticos, de ejecuciones sumarias, de patinetes por las aceras y de violaciones a las pocas religiosas que quedan, sin que su provecta edad sirva de atenuante. Ha sido el TC quien le ha ofrecido a Pedro Sánchez lo que necesitaba en este momento, que no era el certificado ICO de legalidad para la amnistía -eso tanto le daba-, sino la oportunidad de que, por fin, en la prensa y en las redes se hablara de algo que no fuera la corrupción institucional que como presidente ha permitido, quien sabe si fomentado.

Cuando un político llega a creerse que puede hacer todo lo que no esté expresamente prohibido, desaparece el político y aparece un comediante, cosa que se agradece: ya que desde hace mucho los ciudadanos sabemos que nuestros gobernantes no van a hacer nada por mejorarnos la vida, por lo menos que nos hagan reír.