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Opinión | Junts per Catalunya
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Puigdemont, el pitufo gruñón

La obsesión del partido independentista por ser el guardián de las esencias le lleva a menudo a hacer funambulismos estrambóticos que van directamente contra su ideario

Catalunya lanza el Pacte Nacional per la Llengua para ganar 600.000 catalanohablantes

¿Qué es el Pacte Nacional per la Llengua y por qué Junts y CUP no lo firman?

Carles Puigdemont, ahir després de la reunió del grup parlamentari de Junts a Waterloo. | PABLO GARRIGÓS / EFE

Carles Puigdemont, ahir després de la reunió del grup parlamentari de Junts a Waterloo. | PABLO GARRIGÓS / EFE

En un país donde nadie se pone de acuerdo en nada, es casi imposible encontrar algún problema con un diagnóstico mínimamente consensuado. Pues bien: hay algo en lo que coinciden una mayoría aplastante de partidos políticos, prácticamente la totalidad de la sociedad civil y un abanico muy transversal de la opinión dicha y publicada. Ese algo es la preocupante situación de la lengua catalana, que mantiene todavía un liderazgo esperanzador en sectores muy concretos, pero que empieza a mostrar síntomas de una visible situación de inferioridad en algunos segmentos de edad, áreas de población y sectores públicos muy localizados. El consenso general se resume así: el uso del catalán ha perdido arraigo social y hay que ayudarlo antes de que sea demasiado tarde. Y en esta sociedad donde nunca conseguimos hacer nada todos juntos, se ha logrado construir un gran pacto nacional por la lengua, con una dotación nada menor de 255 millones de euros, que ayudarán en sectores muy concretos y necesitados, como las clases de catalán para adultos. El feliz acuerdo se oficializó en la simbólica sede del Institut d’Estudis Catalans, y fue impulsado por el Govern de la Generalitat, ERC y Comuns, y arropado por todas las asociaciones imaginables público-privadas. Algunas, como Òmnium y Plataforma per la Llengua, optaron por un sí crítico y vigilante, pero terminaron sumándose.

Solo hubo una ausencia incomprensible e injustificable: la de Junts, el partido que justamente dice priorizar la defensa de la lengua catalana. El 'no' de Junts a sumarse a un pacto tan trascendente lo justificó Carles Puigdemont con argumentos que parecen sacados de un tratado de esoterismo, como que el catalán todavía no es oficial en Europa o que era mejor esperar a conocer la sentencia judicial sobre el 25% del castellano en las escuelas catalanas, argumentos perfectamente comprensibles, pero que nada tienen que ver ni con este pacto ni con este Gobierno. La obsesión de Junts por ser el guardián de las esencias, o quién sabe si el miedo atroz a la redes sociales, le lleva a menudo a hacer funambulismos estrambóticos que van directamente contra su ideario. Quizás lo que no le gusta del Pacte Nacional per la Llengua es que fue idea de un gobierno de ERC, y que ahora lo impulsa el PSC, pero pensábamos que el amor por la lengua estaba por encima de estas nimiedades. Que la posición de Junts no la han entendido ni los suyos lo prueba la presencia en el acto del acuerdo de Jordi Pujol, que prefirió aparecer en la foto del 'sí' con toda la sociedad civil catalana, antes que en la del 'no', con PP, Vox y Aliança Catalana. La situación de Carles Puigdemont es cruel, además de injusta, puesto que solo por una obsesión enfermiza de algunos jueces ultras no puede volver libremente a Catalunya gracias a la amnistía impulsada por Pedro Sánchez. Pero ser víctima de una campaña atroz no le debería hacer perder de vista cuáles son las necesidades imperiosas del país del que tanto se llena la boca. Corre el riesgo de convertirse en el pitufo gruñón, que dice no a todo por pura frustración, y al que ya nadie hace caso. 

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