Opinión | VERDIALES
El arte de perder
Son muchas las decisiones que no tomamos para no herir a los demás, las vidas que dejamos de vivir, renunciamos a ellas, para que quienes nos rodean puedan seguir viviendo las suyas, no las nuestras

Un fotograma de la serie 'Hal & Harper'. / EPE
“Estamos bien, no ha pasado nada, seguimos respirando”. La frase no es mía, de uno de los personajes que pueblan mis ficciones. Tampoco se la he escuchado a nadie de mi entorno, de mi cotidianidad, ni la he oído en el metro, en el tren o por la calle, cuando voy caminando sin cascos, cosa rara, bastante extraordinaria. Se lo dice Audrey a Harper, dos de las protagonistas de Hal & Harper, una serie deliciosa, nada previsible, ni ñoña, de capítulos cortos, poco más de 20 minutos, con diálogos naturales, nunca impostados, tampoco forzados, y un humor inteligente, provocador.
El argumento se centra en narrar, de un modo en absoluto convencional, la historia de una familia que, según los estándares, tan limitantes, definiríamos como disfuncional. Un padre y sus dos hijos veinteañeros cuyas vidas están marcadas, lastradas, por un trauma común, la pérdida, no sabemos si fortuita o voluntaria, y aquí entra en la ecuación la variante del suicidio, de la madre cuando ellos, Hal y Harper, eran pequeños, unos niños.
Él, enfrentado a una nueva paternidad tras quedarse embarazada su pareja, más joven que él, con la que lleva tiempo conviviendo, estable, evoca hasta la tortura su primer papel de padre, desbordado, incapaz, deficiente, aunque con un amor inmenso hacia sus hijos huérfanos de madre. Desplegada la trama con intención de despertar el interés, pues merece, y mucho, la pena, vuelvo a la escena del principio, aquella en la que Audrey, compañera de trabajo de Harper, le dice a ésta, encerradas en el baño de la oficina, tratando de esconderse, lo mismo que sus sentimientos, “Estamos bien, no ha pasado nada, seguimos respirando”.
Lo hace refiriéndose a una decisión que Harper no se atreve a tomar, la de mudarse a Londres (la acción transcurre en Los Ángeles), donde le han ofrecido un trabajo y vive la familia de su madre, de la que lo ignora todo, no sólo la causa de su muerte. Harper no decide, no puede, por temor a lo que su marcha pueda provocar en las personas que la rodean, su hermano Hal, sobre todo, del que lleva cuidando desde la infancia, su padre, emocionalmente inestable, y Audrey, claro, por la que empieza a sentir algo bonito, emocionante, después de seis años de relación con otra chica cuyo amor la rescató en su momento, le dio identidad por primera vez, la permitió ser.
Son muchas, pensé tras escuchar esa frase, ver esa escena, las decisiones que no tomamos para no herir a los demás, las vidas que dejamos de vivir, renunciamos a ellas, para que quienes nos rodean puedan seguir viviendo las suyas, no las nuestras. Elecciones a veces nimias, triviales, no necesariamente trascendentales para el devenir de una existencia que jamás se detiene, ni vuelve atrás. Y no es amor, o empatía, lo que las motiva. Es el miedo a perder.
Pero, como escribió Elizabeth Bishop en un poema muy hermoso, perder también es un arte: “Pierde algo cada día. Acepta la angustia de las llaves perdidas, de las horas derrochadas en vano. El arte de perder se domina fácilmente. Después entrénate en perder más lejos, en perder más rápido, lugares y nombres, los sitios a los que pensabas viajar. Ninguna de esas pérdidas ocasionará el desastre”.
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