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Opinión | Adolescentes
Imma Sust

Imma Sust

Periodista

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'Like', luego existo

El verdadero agujero negro está en la comunicación. O, mejor dicho, en su ausencia. En la brecha abismal entre padres e hijos

La serie de Netflix 'Adolescencia', retrata el fenómeno 'incels' y la importancia de las terapias

Fotograma de la serie británica 'Adolescencia'

Fotograma de la serie británica 'Adolescencia' / Netflix

Todo el mundo habla de 'Adolescencia', la serie británica de cuatro capítulos rodada en plano secuencia que ha llegado a Netflix como un puñetazo en el estómago. Se comenta la técnica —magistral—, las interpretaciones —demoledoras— y, sobre todo, el papel de las redes sociales: ese pozo sin fondo donde los chavales se asoman, se pierden, se comparan, se radicalizan.

Pero yo, sinceramente, creo que el problema empieza mucho antes del 'scroll'. El verdadero agujero negro está en la comunicación. O, mejor dicho, en su ausencia. En la brecha abismal entre padres e hijos. En ese silencio incómodo que ocupa los pasillos de muchas casas. Hemos delegado la educación emocional a TikTok, la autoestima a Instagram y la brújula ética a YouTube. Y mientras, desde el sofá, miramos para otro lado. Confiamos a ciegas en nuestros hijos sin hacer las preguntas incómodas, sin acompañar, sin mirar de verdad. 'Adolescencia' lo muestra con una crudeza que duele: padres que no ven, que no quieren ver, o que no saben qué hacer con lo que ven. Padres que confían más en la versión de su hijo de 13 años que en lo que muestra la imagen de una cámara de seguridad. Padres que se aferran a la idea de que su hijo no puede ser el que hace 'bullying', no puede ser el que odia, no puede ser el que miente. Que el malo siempre es el otro. Padres que lo apuntan a fútbol porque es 'lo que toca', aunque el niño solo quiera dibujar. Y que giran la cabeza, cuando lo humillan por hacerlo mal.

Y mientras tanto, los chavales crecen solos, desorientados, buscando referentes a la desesperada. Y a golpe de algoritmo se sienten interpelados por perfiles misóginos, manipuladores, disfrazados de verdad absoluta. Y ellos, sin herramientas, sin filtros, sin pensamiento crítico, les siguen y les idolatran, absorbiendo sus mensajes como dogmas.

Y lo más aterrador no es que un adolescente se crea una mentira. Es que pueda llegar a matar y a matarse —literalmente— por un 'like'.

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