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La Europa que sí vale la pena
La irrupción extravagante de Trump ha encendido las alarmas. El gran aliado deja de serlo. O sí lo es. Con la mirada imperial de Putin fija en la frontera del Este, la sensación de urgencia ha calado en la Unión Europea.
Trump afirma que hay "una gran posibilidad" de que la "horrible y sangrienta" guerra en Ucrania "pueda acabar"
Las demandas maximalistas de Putin para acabar con la guerra en Ucrania

Maniobras de soldados ucranianos en un entrenamiento en la región de Jersón, el pasado febrero. / ROMÁN SUMKO / EPC_EXTERNAS
Seguro que muchos de ustedes han vivido la experiencia. Acudir a un portal de internet para contratar un vuelo o un hotel y recibir mensajes sobre las pocas unidades disponibles. ¡Última habitación! ¡Solo quedan 2 billetes! La sensación de urgencia es inevitable. Démonos prisa, ¡el mundo se acaba! ¿Y la Unión Europea?
La irrupción extravagante de Trump ha encendido todas las alarmas. El gran aliado deja de serlo. O sí lo es. O no. ¿Quién lo sabe? Con la mirada imperial de Putin fija en la frontera del Este, la sensación de urgencia ha calado en la Unión Europea. Y, con ella, la determinación de aumentar el gasto en defensa. Para defender a Ucrania. Para protegerse a sí misma. La decisión quizá sea inevitable, pero es suficientemente trascendental y disruptiva como para tratar de moderar el apremio.
Para empezar, hay que medir el grado de amenaza de Rusia. El paseo militar que soñaba Putin no se ha producido. Ya suma tres años de sangría en Ucrania y, aunque su capacidad es mucho mayor que la del país invadido, es innegable que hoy es más débil que cuando inicio el conflicto. Más allá de Ucrania, resulta difícil de creer que Putin esté interesado en atacar a un país de la OTAN, aunque Polonia o Rumanía no deben tener muchas ganas de ponerlo a prueba.
Por mucho que se camufle, el gasto militar irá en detrimento de otras partidas. Por ello, es obligado saber al detalle en qué se invierte el presupuesto y el plan de defensa conjunto (si lo hay). Al menos, para evitar tener la sensación de que la industria armamentística va a ser la única beneficiada de nuestro miedo.
Tan importante es saber a qué se va a destinar nuestro dinero como estar seguros de lo que defendemos. Que la ansiedad no nos anestesie. Ni los EEUU anteriores a Trump eran la tierra de la bondad universal (no cabrían en este artículo todas sus fechorías en política exterior), ni la UE es todo aquello que proclama con ampulosidad y pervierte en silencio. Si tenemos que defenderla es porque es digna de ser protegida. Porque ha sabido ser tierra de paz, de prosperidad y de convivencia. Entonces, asegurémonos de su integridad.
Cuando Giorgia Meloni envió el primer contingente de inmigrantes a un centro de deportación fuera de territorio de la UE, todo fueron aspavientos. Obviando el coste desproporcionado de la medida y la enmienda que sobre ella dictó la judicatura, confinar a inocentes en barracones en un lugar inhóspito con vallas de siete metros de altura y uniforme obligatorio, rima con un pasado del que todos --esperemos que todos-- abominamos. Ahora, la Comisión Europea propone la creación de “centros de retorno” --cárceles de deportación-- fuera de los estados miembros para expulsar a los migrantes y demandantes de asilo irregulares. Lo que parecía abyecto hace dos días, apenas está siendo discutido hoy. Pero parece que hoy solo toca hablar de armas. Si Europa incrementa el gasto militar, que rearme también sus valores. Si no, ¿qué defendemos? Una Europa que combate las desigualdades y el avance de la ultraderecha sí vale la pena.
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