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Opinión | Conocidos y saludados
Josep Cuní

Josep Cuní

Periodista.

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Olaf Scholz, un canciller a la deriva

Si se cumplen los sondeos su partido (SPD) quedará en tercera posición, superado por Alternativa para Alemania (AfD)

Scholz excluye una coalición con partidos de izquierda por las divergencias sobre Ucrania

Junts se descuelga de la moción de censura en Ripoll y Orriols continuará como alcaldesa

El canciller alemán, Olaf Scholz, durante su intervención en la Conferencia de Seguridad de Munich, este sábado.

El canciller alemán, Olaf Scholz, durante su intervención en la Conferencia de Seguridad de Munich, este sábado. / Alex Kraus / Bloomberg

Un Estado democrático también se mide por el comportamiento de su oposición. Y cuando esta usa postulados falaces y tramposos para erosionarlo o cae directamente en manos de demagogos es cuando más cerca se está de derribar un sistema que exige autocrítica permanente. De esto ya habló Aristóteles hace veinticinco siglos. Y ahí seguimos.

Traspasada la frontera y constatando que ya son los populistas quienes cada día arañan más cuota de representatividad y poder, la temible pregunta es: ¿cuánta vida le queda a la democracia? Poca si, según las encuestas, cada vez son más los jóvenes que no le hacen ascos al autoritarismo. Es obvio que nadie ha sabido ponerle el cascabel al gato de un fallo persistente. Cuando los recelosos del modelo son pocos porque no merecen ni consideración. Si suben se pasa al desprecio, tratándoles con la displicencia que castiga al equivocado. Y cuando ya conforman un porcentaje significativo ¡y creciendo! se va asumiendo que no todos son fachas sino ciudadanos que han retirado su confianza a lo que antes se la había merecido. Llegados a tal punto, la duda razonable es cómo actuar: ¿aplicando el cordón sanitario a quienes claman por recortes de libertad y abominan de algunos derechos conseguidos? ¿o asumiendo una parte de sus propuestas para neutralizarles, reduciendo igualmente los beneficios sociales adquiridos?

Este dilema carcome al PP respecto a Vox y a Junts frente a Aliança Catalana. Lo demuestra lo sucedido esta semana en las Corts Valencianes planteando la dimisión de Carlos Mazón y en el ayuntamiento de Ripoll, con la moción de censura a su alcaldesa convertida, asimismo, en la figura disruptiva del independentismo. En el primer caso, la extrema derecha salvó a los conservadores medio a escondidas. En el segundo fue al contrario, aunque sin saber argumentarlo. Pero si no queremos hacernos trampas al solitario aceptemos también que la opción de la izquierda de apartarles de todo tampoco se ha demostrado eficaz. Reconvertida en víctima, la ultraderecha pasa a lamentarse por las esquinas, contaminando a la ciudadanía con percepciones frente a razones. A gran escala, y con mayor riesgo, esto pasa en Alemania y determinará las elecciones del domingo.

A Olaf Scholz (Osnabrück, Baja Sajonia, 14 de junio de 1958) se le ha puesto cara de derrota. Si se cumplen los sondeos su partido (SPD) quedará en tercera posición, superado por Alternativa para Alemania (AfD), la formación cuya líder tiene a Hitler por comunista sin aclarar si lo dice porque ella es todavía más extremista que el gran dictador. Ambos partidos, a su vez, quedarían por detrás de la CDU (demócratacristianos), que recuperarían el trono abandonado por Angela Merkel pero con el estigma de haber roto el tabú de la primera mujer que dirigió el Gobierno federal: a los nostálgicos, ni agua.

El todavía canciller sabe que el peso de la historia no puede convertirse en un episodio con el que la política juegue al escondite. Menos aún para negociar propuestas migratorias más estrictas que intenten frenar el ascenso de los ultras, como hizo su rival. Lo que no ha sabido el todavía canciller es superar una recesión que, a su vez, gripa al motor europeo y es gasolina para el descontento.

Si Scholz hubiera leído a su compatriota Wolfang Münchau probablemente Alemania hoy no estaría 'Kaput'.

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