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Opinión | Premios Goya

Actores y vendedores de seguros

A los actores les ocurre que de tanto dedicarse a la ficción, confunden los deseos con la realidad, la vida con los sueños y agradecer un premio con dar un mitin

El guionista Eduard Sola gana el Goya a mejor guión original por Casa en flames

El guionista Eduard Sola gana el Goya a mejor guión original por Casa en flames / Julio Muñoz / EFE

Tengo un amigo vendedor de seguros con tanta labia que le endosaría un radiador eléctrico a un beduino, para la jaima. Cada año le conceden un premio en la convención de su empresa, así que le pregunté si, al recogerlo, declara ante sus compañeros que hay que luchar contra el cambio climático o si, por el contrario, prefiere advertirlos sobre los peligros de Trump.

-Yo cojo la placa, hago un par de chistes y andando, que lo que quiere la gente es el bufet libre que nos espera a continuación.

Ni siquiera se pone en la solapa una bandera de algún país pobre y desgraciado, que es lo mínimo. Será que los vendedores de seguros son sosos de por sí, porque uno ve la gala de los Goya, donde cada premiado da la tabarra con lo que le pasa por la cabeza, y se imagina que hasta los fontaneros, en la fiesta de su patrón -si existe tal santo-, aprovechan para hablar de inmigrantes muertos en el mar y no de retretes averiados, como corresponde. Al fin y al cabo, el mismo mérito -si no más- tiene el que sabe desatascar una cañería que el que se aprende un guion.

Mejor iríamos si en lugar de la gala de los Goya pasaran por la tele la convención de los vendedores de seguros, que esos no dan la lata. Lo que más repitieron los actores fue que viene la ultraderecha, pero lo que me gustó es que -añadieron- encima viene sin avisar. Como llegue de improviso cuando estoy tomándome unas cañas en el bar Cuéllar, por lo menos tendré excusa para llegar tarde a casa, pensé para mí.

Otra cosa sería si el hecho de reiterar que debemos tener vivienda digna, que hemos de cuidar la tierra, que las guerras son feas y que no hay que desear a la mujer del prójimo -lo último no estoy seguro de que lo dijeran, ya se me cerraban los ojos- tuviera algún efecto. Pero al día siguiente todo seguía igual, lo que demuestra que los cómicos tienen tan poca mano para arreglar el mundo como los vendedores de seguros, podrían ahorrarse la tabarra y asaltar el bufet directamente. Ellos creen que sí, que a fuerza de repetirlo van a arreglarlo. Les ocurre que de tanto dedicarse a la ficción, confunden los deseos con la realidad, la vida con los sueños y agradecer un premio con dar un mitin.

Hasta los niños son más realistas y, sobre todo, no dan tanto la brasa. Hace poco le pregunté a mi hijo Ernest, catorce años, qué tal había ido en el cole el día que tenían que realizar no recuerdo qué trabajo por la paz.

-Fuah, estupendo. A partir de mañana ya no habrá guerras en el mundo.