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Opinión | Premis Gaudí
Ernest Folch

Ernest Folch

Editor y periodista

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Eduard Sola contra los ofendidos

Los que tanto se ofenden con un discurso tan necesario deberían preguntarse el porqué

El discurso de Eduard Sola al recoger el Gaudí por 'Casa en flames' se viraliza en redes

Eduard Sola habla tras su discurso viral en los Premis Gaudí: "También había pobres catalanes"

Eduard Sola

Eduard Sola / QUIQUE GARCÍA / EFE

El mundo puede haber cambiado todo lo que ustedes quieran, pero algo tan antiguo y pasado de moda como un discurso sigue teniendo la capacidad de remover nuestras conciencias. Mucha tecnología y muchas apps, pero el breve alegato de Eduard Sola en los Premis Gaudí ha servido para sacudir otra vez nuestro pasado: “Mi abuelo era analfabeto y si yo escribo es gracias al progreso: se llama éxito colectivo”. En un país en el que tendemos a flagelarnos y a pasarnos el día gruñendo, es un hecho casi paranormal que aparezca un escritor enamorado de su trabajo para celebrar lo que hemos avanzado como sociedad. En su breve alocución, Sola recordó que este Gaudí “podría ser una venganza contra los que le hicieron sentir inferiores” pero en cambio lo ha sentido como un éxito de todos, también de la escuela pública. Y por último reivindicó su condición de charnego y “enviar a la mierda” a los xenófobos para poder acoger “con los brazos abiertos”. En un país normal, el discurso de Sola sería normal. Pero en la Catalunya frustrada del posprocés sus palabras han provocado una irritación enfermiza en quienes son incapaces de aceptar la complejidad y la riqueza del país.

Cuando Catalunya empezó a articular sus aspiraciones soberanistas hace quince años, se aceptaba mayoritariamente como un tesoro la reivindicación de los orígenes charnegos, la integración de los castellanohablantes y, por supuesto, la complicidad con la izquierda. Hoy, la emoción de Sola reivindicando a su abuelo es recibida como una afrenta ‘woke’ entre el independentismo rabioso, que aparece en las redes sociales envuelto de sospechosas banderas de Sant Jordi y en la realidad flirtea con el supremacismo de Sílvia Orriols. Curiosamente, una parte de los que decían que “antes la independencia y luego la ideología” han convertido su amor por la patria en una cruzada contra cualquier idea que suene de izquierdas. Al mismo tiempo, ha quedado claro que los supuestos autoproclamados representantes de la burguesía catalana no pueden soportar que nadie evidencie sus privilegios, ni mucho menos que se les ponga en duda su pasado. ¿Pero no habíamos quedado que para construir un país mejor teníamos que ser autocríticos con nosotros mismos? Ya cansa que todo lo que no sea el discurso que pide una defensa cerrada de la caricatura de la Catalunya catalana y catalanoparlante sea tildado de “ñordo” y “botifler" por una minoría que, en realidad, lo único que consigue es hacer al independentismo cada día más pequeño y enviarlo a la marginalidad. El discurso de Sola ha evidenciado otra vez las dos Catalunyas antagónicas: la integradora, que quiere mirar hacia adelante con alegría y orgullo, y la que se pasa el día protestando airadamente contra todo, cegada en su odio ciego hacia lo que no cuadra con su estereotipo esencialista. Solo hace falta ver quién gobierna y quién se ha quedado en la oposición para entender cómo se ha destruido y degradado el inmenso capital político que empezó en una asombrosa manifestación de dos millones de personas en 2012 y ha terminado en unos cuantos tuits patéticos, que disparan contra un escritor cuyo único pecado ha sido defender con orgullo los servicios públicos, sus orígenes y la integración de los inmigrantes. Los que tanto se ofenden con un discurso tan necesario deberían preguntarse el porqué. 

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