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Opinión | Legado emocional

Carol Álvarez

Carol Álvarez

Subdirectora de El Periódico

La vida sin David Lynch

El cineasta puso al alcance de toda una generación, la de quienes bebieron su cine con ansia, las pistas para deambular por esta vida que puede ser un sueño, una pesadilla o un delirio

David Lynch

David Lynch

La vida sin David Lynch ha empezado a transcurrir, con la misma velocidad que cuando él seguía vivo, aunque su nombre no estaba muy presente en nuestra agenda cultural y de conversación: su enfisema pulmonar lo tenía recluido y en un estado más que delicado de salud, aislado de tantas cosas. Cuando llegó la pandemia en 2020, aquel fenómeno excepcional que superó todas las ficciones y mezcló horror y surrealismo, con una infección de contagio misterioso en sus primeras etapas y calles vacías y animales ocupando el espacio de la civilización, Lynch se encerró, y su relación con la esfera pública se limitó a las pantallas de Youtube y las redes sociales desde donde te contaba cada día el tiempo que hacía y el día que era, con su voz única y evocadora de otros mundos que ya sabemos, por gente como él, que hay en este. El cineasta ya había puesto al alcance de toda una generación, la de quienes bebieron su cine con ansia, las pistas para deambular por esta vida que puede ser un sueño, una pesadilla o un delirio. Lo hizo con películas que nunca dejaron indiferente, y al final ese es el fin último de la cultura, del cine: interpelarnos, conmovernos y de alguna forma, modelarnos para prepararnos para encajar mejor lo que se nos viene encima. 

Las camisetas con el logo ‘ ‘Quién mató a Laura Palmer’ del primer merchandising que desató un fenómeno televisivo global, Twin Peaks fueron la cara B de ese paso de gigante que dio a través de la pequeña pantalla, esa que coló en todos los hogares el gran cine en serie, y su extravagancia y su belleza competían con la intriga bien contada para atarnos al sofá como nos ataban a la butaca de las oscuras salas de cine. Luego llegarían las pantallas pequeñas, las que te siguen hipnotizando más allá del sofá, pero él ya no estará para marcar el nuevo camino de losas amarillas que se ha abierto.

La vida sin David Lynch sigue y su memoria no necesita un gran esfuerzo para ser preservada, porque sus películas dejaron una huella imborrable en el alma de todos los que crecieron con sus historias, más o menos tocados por una trama o un personaje, todos por la música de su inseparable y también desaparecido Angelo Badalamenti. El cine de Lynch fue un acelerador para adaptarnos a una vida rara, en la que la belleza se combina con el terror y la absurdidad salpica el día a día.

Fumar, el olor a tabaco y a cerilla recién prendida le le hacían feliz y le ayudaban a hacer cine, y ese mismo vicio le enfermó hasta la muerte, aunque él mismo calmaba a sus fans este otoño diciendo que lo había dejado dos años atrás, que estaba bien, bajo control. Su último proyecto quiso revisar, con su sello personal, una serie de entrevistas realizadas a decenas de norteamericanos anónimos encontrados en una ruta por carretera por los Estados Unidos por el equipo de su productora Absurda había filmado en su entorno y donde contestaban a preguntas sencillas, como de qué se arrepienten, lo más importante para ellos, cuáles son sus sueños, sus planes de futuro, cuándo experimentaron por primera vez la muerte, de qué están más orgullosos, cómo les gustaría ser recordados. Este ‘Interview project’ es el último documento audiovisual que lega en sus redes sociales y, de alguna manera misteriosa, parece un testamento que va más allá del cine. La muerte de Lynch, tras la evacuación de emergencia de su hogar por la gravedad de los incendios de Los Angeles, da también un punto final con un giro de guion que puede que él mismo hubiera bendecido para una de sus películas.

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