
Escritor y periodista
Olmos gana el Camba
La columna premiada habla de un Madrid precario y aldeano que se va a vivir a los bajos y saca la silla plegable a la puerta mientras crecen los rascacielos

El periodista Alberto Olmos Serrano (d), durante la entrega del XLV Premio Internacional Fundación Julio Camba. / David Fernández / EFE
El escritor Alberto Olmos ha ganado el premio Camba de columnismo. La columna con la que se ha levantado 10.000 euros habla de un Madrid precario y aldeano que se va a vivir a los bajos y saca la silla plegable a la puerta mientras crecen los rascacielos. He recibido esta noticia con alegría, porque Olmos es un columnista envidiable y una de las pocas personas de las que me fío.
Hace quince años presentó una novela suya, 'El talento de los demás', en la librería donde yo trabajaba a las órdenes de Diego Pita. En aquella época, como yo tenía ganas de ser novelista y Olmos me sacaba diez años y cuatro libros publicados, me quedé charlando con él después de su presentación y le pregunté muchas cosas y nos tomamos una copa y luego otra, y hasta hoy. Mientras escribo esto, sus hijos juegan con los míos en el jardín de mi casa, y compartimos cabecera y fobias y dolores de cabeza. Cada vez que los demás reconocen el talento de Olmos, yo tengo la impresión de que un gramo de honestidad ha caído en la balanza del mundillo literario.
Se gana la vida diciendo la verdad y llega a la verdad tirando de las palabras. Me ha dicho alguna vez, sobre su método de escritura, que una frase afortunada le indica por dónde va la columna que escribe y lo que piensa, y que se limita a seguir el eco y pone los dedos sobre las teclas hasta que el texto le aclara las ideas. Así alcanza paradojas y verdades éticas, chistes agrios y adjetivos deslumbrantes. Alguien medroso podría confundir su honestidad con la valentía o la temeridad, pero se equivocaría, porque Olmos no es necesariamente el hombre más valiente de la profesión, sino un escritor cuya ética coincide por completo con su estética. No obliga a sus palabras a seguir el camino y el ritmo que a él le interesa, sino que va tras ellas.
Como no tiene pose, durante esta larga amistad he tenido que hablar bien de Olmos frente a gente tan acostumbrada a moverse en los salones de baile que interpreta la ausencia de ritmo como hostilidad. Ante cualquier crítica a su actitud parca o ausencia de alegría, he argüido que uno no se puede acercar a una persona como esta desde la inseguridad o la necesidad de validación. Hay quien intenta parecer bueno pero es malo, quien intenta parecer malo pero es bueno, pero Olmos no intenta parecer nada: se limita a exigir tu franqueza y te niega el saludo si detecta lo contrario. No aceptaría un premio que no mereciera.
Suscríbete para seguir leyendo