Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Gárgolas

La cautela

Hemos llamado al asunto esperpento, farsa o sainete, con filigranas escénicas tan destacadas como la butifarra de Laporta. Y nos hemos quedado cortos

El presidente del Barcelona, Joan Laporta.

El presidente del Barcelona, Joan Laporta. / ÓSCAR J. BARROSO / EUROPA PRESS

Confieso que, a estas alturas, ya me he perdido. He intentado seguir con atención las trifulcas futbolísticas de finales de año y de los primeros días del 2025 y puedo jurar que he puesto todo el interés en saber de qué hablábamos cuando hablábamos de Olmo y Víctor, los dos jugadores que no podían continuar jugando con el Barça porque, primero, no se reunían las condiciones económicas estipuladas por LaLiga y, después, porque, admitidas las ventas de futuros como garantía, el Barça llegaba tarde, según la Federación, para inscribir a los futbolistas. Más o menos iba así, ¿no es cierto?

El Barça apela entonces a la defensa cautelar, que implica una medida urgente para proteger unos intereses que, en caso de que la resolución final del caso fuera favorable al club, se verían afectados de forma irremediable. La resolución del Consejo Superior de Deportes valora estos intereses en peligro y decide conceder su cautelar. Pero ¿de qué beneficios (que se perderían, sin la medida política) hablamos? Están los más evidentes, los que afectan al “rendimiento deportivo” del equipo. Y también los más patrióticos, de “interés público”: los jugadores, al no tener licencia, no podrían jugar con la selección nacional. Y después está el argumento definitivo. El Barça perdería dinero por “una posible reducción de 'merchandising' y una menor venta de entradas de aficionados que pueden ser seguidores de estos jugadores concretos”. Esto es lo que dice el CSD.

¿De verdad han tenido en cuenta los menores ingresos derivados de la ausencia de Pau Víctor o, incluso, de Dani Olmo? ¿De verdad hay aficionados que solo compran entradas para ver a estos dos futbolistas? Del Barça, seguro que no. De los turistas, menos. Hemos llamado al asunto esperpento, farsa o sainete, con filigranas escénicas tan destacadas como la butifarra de Laporta. Y nos hemos quedado cortos. Cada nueva aparición de un actor en esta comedia melodramática aumenta el nivel de hilaridad del público. Con una mueca de desconcierto, eso sí. Lejos de la cautela, la prudencia y la prevención ante el peligro.

Suscríbete para seguir leyendo