Opinión | VENGA, CIRCULE

Escritora.
Levantarse al amanecer o muy temprano
Durante muchos años tuvo un reloj despertador que daba la hora del rezo y que conseguía despertarnos a todos de madrugada para la oración del amanecer

Levantarse al amanecer o muy temprano
Creo que nunca he conocido a nadie a quien le gustara tanto madrugar como mi abuela materna. Ahora que soy mayor tengo la impresión -y la sospecha- de que en realidad apenas dormía. Habría sido la envidia de todas esas influencers de Instagram que recomiendan a sus seguidoras despertarse a las cuatro y media de la mañana para tener éxito en la vida. A esa hora si uno se despertaba para ir a por un vaso de agua se la encontraba rezando en su dormitorio. Una noche le pregunté por qué hablaba tanto con Dios en vez de con nosotros y me dijo que cuando creciera un poco más lo entendería. La verdad es que son tantas las cosas que solo comprendí una vez dejó de estar entre nosotros… Solía jugar a un juego con ella, me gustaba colocar mi mano al lado de la suya y compararlas. Sus manos eran las de una mujer que había trabajado el campo durante gran parte de su vida, las mías eran lisas, casi inmaculadas. Aun así, sin embargo, mi abuela era muchísimo más blanca de piel que yo. Tenía tres brazaletes de oro en la muñeca izquierda, creo que fueron parte de su dote. No se los quitó nunca. Siempre que conversábamos sobre el futuro me insistía en que no pensara en casarme ni en tener hijos aún porque tanto lo primero como lo segundo era muy sencillo. Lo que ella quería era que yo estudiara, su sueño era que me hiciera doctora.
Ya ven, yo no era su hija ni la nieta a la que más veía, nos separaban miles de kilómetros de distancia, pero por algún motivo sentíamos una clara predilección la una por la otra. Cuando finalicé mis estudios dediqué algunos años a viajar en un intento de descubrir qué hacer con mi vida. Durante ese tiempo ella enfermó bastante y la vida dejó de transcurrir de la misma forma para ella que para los demás. Los nombres de sus hijos comenzaron a entremezclarse y los sucesos del pasado se desplegaron hasta ocupar toda su atención. El presenté pasó a significar muy poco, realmente nada. Aunque no conseguía recordar mi nombre, cuando preguntaba por mí lo hacía refiriéndose a esa nieta que viajaba mucho. ¿No iba a volver a casa nunca? Todas las veces que le expliqué que ya estaba de vuelta su sonrisa fue igual de genuina.
De niña me sentaba en un taburete de plástico cerca de la puerta de su cocina y la observaba con atención preparar rghayf o beghrer a primerísima hora de la mañana para el desayuno. En verano me despertaban el sonido y el olor de la masa de harina haciéndose en la sartén. Ambas éramos igual de altas y me dejaba usar sus chilabas para hacer recados en las tiendas de ultramarinos del barrio. Todos los tenderos conocían su nombre de pila pero la llamaban Hajja. No tengo del todo claro si sabían que había peregrinado al Hajj o no. Durante muchos años tuvo un reloj despertador que daba la hora del rezo y que conseguía despertarnos a todos de madrugada para la oración del amanecer. Se lo había comprado en ese mismo viaje. En ocasiones soy incapaz de recordar con exactitud cómo eran su rostro o su tono de voz, pero tengo esta imagen de su espalda y su carrito de la compra cuando la acompañaba a comprar en el mercado que no se me va nunca de la cabeza. Nunca la vi vestir de otro color que no fuera blanco, fue perfecta hasta en su luto.
Mi abuelo murió siendo muy jóvenes los dos, le tocó hacerse cargo de sus once hijos ella sola. Cada vez que yo señalaba lo extraordinario de aquel número, ella se limitaba a responder «Eran otros tiempos, benti». La mañana en la que falleció yo tenía que entregar un informe en el trabajo así que no miré el móvil hasta tarde. Supe que había pasado porque todos los que vivimos lejos de nuestras familias sabemos que una llamada de teléfono en las últimas horas de la noche o a primera hora de la mañana solo puede significar una cosa. Al explicarle a mi jefa lo que había pasado me contestó que lo sentía mucho pero que necesitaba que le entregara aquel informe, no me podía ir. No recuerdo cómo terminé de rellenar aquella hoja de Excel y tampoco recuerdo cómo me explicó mi madre que mi abuela había muerto pero sí recuerdo esa frase. También recuerdo que mientras lloraba me dio la risa y solo atiné a decir que era normal que hubiese fallecido tan temprano, su cosa favorita del mundo era madrugar.
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