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Opinión | Política y moda

Patrycia Centeno

Patrycia Centeno

Experta en comunicación no verbal.

Barcelona

Mazón y el efecto Pinocho

El 'president' de la Generalitat, Carlos Mazón, a su llegada a una sesión plenaria

El 'president' de la Generalitat, Carlos Mazón, a su llegada a una sesión plenaria / Jorge Gil - Europa Press

Sólo habían pasado unas horas desde la devastación de la DANA y Feijóo ya se había plantado en Valencia para excusar la actuación de Mazón. Su mensaje de defensa no ponía en valor la entereza, compromiso o la rápida gestión del president valenciano; sólo repartía culpas en un intento desesperado de quitarse el muerto de encima (227 personas fallecidas, de momento). Pero no importaba lo que afirmara el líder popular; porque a su lado, Mazón, sin decir ni mu, lo desmentía. Como aquel niño que ha cometido una fechoría y, en cierto modo, se avergüenza de que sus padres lo exculpen aún habiéndoles confesado el pecado. Miraba de reojo (entre la sorpresa y la incredulidad) cada vez que Feijóo sorprendía con un pretexto y la bajaba, a continuación, por el bochorno. Sin embargo, una que (aunque no lo parezca) siempre prefiere pensar bien hasta de los políticos, quise ver en los pellizcos en los dedos que se profesaba Mazón algo de ansiedad por encontrarse sobrepasado por lo sucedido en su hogar y no sólo un autocastigo por su negligencia 

Según Paul Ekman, el gran especialista en la mentira gestual, no podemos afirmar que una persona miente, pero sí que no está siendo sincera. Y en cada una de sus declaraciones en estas tres semanas, el lenguaje corporal de Carlos Mazón iba sumando indicios gestuales que no sonaban veraces. Fuera vestido con el chaleco de emergencias con el que pretendió enmascarar su incapacidad durante unos días o sin él; el president valenciano es francamente honesto en sus gestos. Y aunque preparó unos 500 folios para su comparecencia en las Corts, no reparó en ensayar previamente su lenguaje corporal para que algo sonara medianamente convincente. Recolocar obsesivamente las hojas de su discurso (las tocaba repetidamente y de forma viciosa en tres puntos concretos: arriba, centro y abajo) durante los 15 minutos iniciales daban cuenta del estado de nerviosismo del president. Pero fue otro ademán, que practicó de modo reiterado, el que lo delató gestualmente.

Según el refranero popular, se pilla antes a un mentiroso que a un cojo. Cuando un crío pequeño suelta una mentira, el cerebro le da inmediatamente instrucciones para que se lleve las manos a la boca (que no salga el embuste). Este mismo gesto se empleará durante toda la vida, sólo que astutamente lo vamos refinando para que no resulte tan evidente. Es decir, en la adolescencia ya sólo pasaremos los dedos rápidamente por los labios y, de adultos, evitaremos rozar esa zona. En sustitución, podemos frotarnos los ojos (no existe esa realidad), rascarnos la oreja (impedir escuchar la falsead), aflojarnos el cuello o la corbata (la sobreexitación ahoga) o, lo más común, desviar la mano hacia la nariz. Porque no se trata de un cuento: existe el efecto Pinocho

No es que nos crezca la nariz cada vez que decimos una mentira como le ocurría al muñeco de madera de Gepetto, pero ciertos tejidos nasales se inflaman. Esa hinchazón provoca un picor que nos empuja a rascarnos sistemáticamente. A simple vista es imposible apreciar el aumento de la presión sanguínea en la nariz, pero sí podemos advertir como la persona empieza a frotarse la napia. Por ejemplo: en la declaración jurada ante el tribunal de Bill Clinton sobre el escándalo de Monica Lewinsky, sin estar el presidente estadounidense resfriado ni padecer ningún tipo de sintomatología alérgica, este se tocó de forma reiterada la nariz cada cuatro minutos. Clinton se rascó la nariz 26 veces. En sus explicaciones ante las Corts, Mazón lo hizo en 10 ocasiones.

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