
Periodista
Terrorismo emocional
Entra tanta oferta, de repente la vida nos regala una joya de serie llamada 'Yo, adicto'

Oriol Pla en 'Yo, adicto', la serie inspirada en el libro de Javier Giner. / EPC
Entre tantas series, películas y plataformas, de repente la vida nos regala una joya de serie llamada 'Yo, adicto'. La pueden ver en Disney+, les prometo que les volará la cabeza. Es una auténtica maravilla, magistralmente interpretada por Oriol Pla. Nunca he tomado drogas; las detesto. Sin embargo, me siento bastante identificada con algunos momentos del protagonista. Son solo seis capítulos, y se pueden ver tranquilamente del tirón. Eso sí, preparen los clínex porque los van a necesitar. Es intensa, dura y divertida. Como la vida misma.
No va de drogas, ni siquiera va de alcohol. Va de aceptar a tus padres, que en la mayoría de los casos han tenido una educación emocional nula. En un momento de catarsis, el protagonista llama a su padre “terrorista emocional”. Y efectivamente, les hago un pequeño 'spoiler', lo es. Pero él no lo ha escogido, ni la mayoría de los padres de esa generación. A muchos, la sociedad les obligó a casarse, a tener hijos, a estudiar si podían y a buscarse un trabajo para toda la vida. Y, sobre todo, a aguantar. A aguantar todo lo que venga, porque la vida es dura y porque hay que sacrificarse.
Luego llegamos nosotros, los hijos de los terroristas emocionales. Seres frágiles, que se rompen con facilidad. Egocéntricos y narcisistas en muchos casos. Conviven con la ansiedad y la terapia. Se cuestionan a fondo, desentrañando cada detalle de su ser. Y a menudo se enfrentan a su niño interior, gravemente herido, seguramente porque ha sido o profundamente maltratado o exageradamente sobreprotegido. En ambos casos, el niño recibe de sus padres la clarísima notificación de que es un completo inútil. Esto le hace buscar la felicidad a cualquier precio. Distraerse, no pensar tanto e intentar seguir adelante. Pero hay una enorme presión que no le deja vivir: esos progenitores exigiendo una maldita perfección que rompen al niño por dentro sin dejar de buscar su aprobación.
Nuestros padres son unos terroristas emocionales y nosotros unos adictos emocionales. Pero de todo se sale, y al final no queda otra que coger al niño interior, quitarle el volante y decirle muy seriamente: “Ahora conduzco yo”. A esto se le llama madurar.
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